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El 27 de septiembre y la consumación de la independencia que casi no se conmemora
La entrada del Ejército Trigarante a Ciudad de México cerró la guerra que inició en 1810 y dio paso a la consumación de la independencia
La entrada del Ejército Trigarante a Ciudad de México cerró la guerra que inició en 1810 y dio paso a la consumación de la independencia
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México llena plazas, edificios y escuelas cada 15 y 16 de septiembre para recordar el inicio de la insurgencia. Pocas personas, en cambio, reparan en que el 27 de septiembre de 1821 entró a Ciudad de México el Ejército Trigarante, encabezado por Agustín de Iturbide, y con ello se concretó la ruptura política con el régimen virreinal. gob.mx
La fecha no carece de reconocimiento oficial ni de presencia en los libros de historia. Lo que ha perdido es lugar en la memoria cotidiana frente al poder simbólico del Grito de Dolores, una escena más directa, más fácil de representar y ligada a Miguel Hidalgo, figura central del relato cívico mexicano.
Once años entre el levantamiento y la llegada a la capital
La Independencia no fue un acto único ni una marcha recta hacia la victoria. Entre 1810 y 1821 hubo levantamientos, derrotas, campañas regionales, divisiones internas, fusilamientos y una larga resistencia insurgente sostenida por grupos que no siempre compartían el mismo proyecto de nación.
Hidalgo encabezó la primera insurrección; José María Morelos dio forma política y militar a una segunda etapa; después, guerrillas y jefaturas regionales mantuvieron vivo el conflicto. El Museo Nacional de Historia divide ese proceso en cuatro periodos y distingue la etapa final como la unión de insurgentes y realistas bajo el Ejército Trigarante. mnh.inah.gob.mx
Esa última fase obliga a mirar una independencia menos cómoda que la aprendida en las ceremonias escolares. No fue solo la victoria de un bando sobre otro: fue el resultado de negociaciones, cambios de lealtad y un acuerdo entre sectores que durante años se habían combatido.
El Plan de Iguala y las Tres Garantías
El 24 de febrero de 1821, Agustín de Iturbide proclamó el Plan de Iguala. Su propuesta defendía tres garantías: la independencia, la conservación de la religión católica y la unión entre los habitantes del nuevo país, principios que dieron nombre al Ejército de las Tres Garantías.
Vicente Guerrero, uno de los principales jefes insurgentes que había resistido en el sur, se sumó al nuevo acuerdo. La alianza no borró las diferencias previas ni convirtió el proceso en una reconciliación plena, pero sí generó una fuerza política y militar capaz de atraer adhesiones en diversas regiones.
Los Tratados de Córdoba, firmados el 24 de agosto entre Iturbide y Juan O’Donojú, reforzaron esa salida política. España no aceptó después esos tratados como una cesión formal de soberanía, pero en la práctica el orden colonial ya no podía sostenerse en Nueva España.
La consumación de la Independencia fue, así, una salida negociada a una guerra que había desgastado al virreinato. También fue el inicio de una tensión que acompañaría al país durante décadas: quién debía gobernar, bajo qué forma y para beneficio de qué grupos.
El 27 de septiembre de 1821
El Ejército Trigarante entró victorioso a la capital el 27 de septiembre de 1821. Para quienes presenciaron la llegada, el acontecimiento representó el fin de once años de conflicto y la posibilidad de un nuevo orden político; el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México recoge testimonios de júbilo y expectativas enormes sobre el futuro nacional. inehrm.gob.mx
Un día después, el 28 de septiembre, se instaló la Junta Provisional Gubernativa y se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Ese documento proclamó que la nación mexicana se separaba para siempre de la monarquía española. inehrm.gob.mx
El desfile de entrada quedó fijado en pinturas, crónicas y conmemoraciones posteriores. La bandera trigarante, con sus franjas diagonales verde, blanca y roja, anticipó los colores que más tarde se asociarían con la enseña nacional, aunque su significado original no era el mismo que se enseña hoy.
Por qué el inicio eclipsó al desenlace
La memoria pública no se construye solo con fechas. Durante el siglo XIX, el culto cívico de Hidalgo se consolidó como uno de los pilares del relato nacional: permitía vincular la independencia con una rebelión popular contra el dominio español y con la figura de un sacerdote convertido en insurgente. revistas.inah.gob.mx
Iturbide ocupó un lugar mucho más ambiguo. Había sido militar realista antes de encabezar el Plan de Iguala y, tras la independencia, fue coronado emperador en 1822, para caer poco después; esa trayectoria hizo difícil convertirlo en héroe unánime de una República que necesitaba otros referentes.
Recordar el 27 de septiembre no implica sustituir a Hidalgo por Iturbide ni reducir la lucha a un desfile militar. Implica reconocer que la historia nacional fue hecha por insurgentes como Guerrero, por poblaciones que resistieron durante años y por un arreglo final que, con todas sus contradicciones, puso término al gobierno virreinal.
Una independencia que no resolvió el país
La ruptura con España no corrigió de inmediato las desigualdades sociales, la precariedad económica ni los conflictos territoriales heredados de la colonia. México nació independiente, aunque todavía debía definir sus instituciones, sus fronteras, sus derechos y el equilibrio entre los poderes civiles, militares y religiosos.
Esa distancia entre la celebración y la realidad explica por qué el 27 de septiembre puede leerse de dos maneras. Fue una victoria política decisiva y, al mismo tiempo, el comienzo de una etapa incierta marcada por disputas que mostrarían cuán difícil era convertir la independencia en una nación funcional.
Pensando en México
Las naciones también eligen qué episodios simplifican para poder recordarse. México convirtió el inicio de la rebelión en su gran ceremonia colectiva y dejó el desenlace en un segundo plano, quizá porque el origen ofrece héroes más nítidos que una negociación llena de intereses enfrentados.
Volver al 27 de septiembre permite mirar la independencia como un proceso humano y no como una estampa inmóvil. ¿Qué cambia en nuestra idea de país cuando recordamos no solo el día en que se levantó la inconformidad, sino también el momento en que empezó la tarea mucho más compleja de construir un Estado?
