Contacto

Opinión

Ceuta no fue invadida, pero España sí quedó expuesta

Ceuta revela la debilidad de España ante una crisis migratoria de 60.000 entradas.

Publicado

el

Ceuta no fue invadida, pero España sí quedó expuesta

Ceuta revela la debilidad de España ante una crisis migratoria de 60.000 entradas.

La crisis migratoria de Ceuta ha dejado una imagen difícil de apartar de la memoria: decenas de miles de personas entrando desde Marruecos en cuestión de horas, una ciudad de apenas 84.000 habitantes incapaz de absorber semejante presión y un Estado que reaccionó cuando la emergencia ya era visible para todos.

El presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, calculó en 60.000 las entradas, mientras el Ministerio del Interior situó la cifra en torno a 50.000. La diferencia importa, aunque no modifica el fondo del problema: Ceuta recibió, en un solo episodio, una cantidad de personas equivalente a más de la mitad de su población.

Llamar “invasión” a lo ocurrido puede servir para movilizar emociones, pero no para explicar la realidad. No fue una invasión militar, porque quienes cruzaron no eran un ejército ni actuaban con un objetivo bélico propio. Fue una entrada masiva e irregular, posiblemente alentada por redes de tráfico de personas, por rumores sobre la legislación española y por una frontera cuya vigilancia depende, en buena medida, de la voluntad de Marruecos.

La diferencia entre ambos conceptos no es una cuestión semántica. Si convertimos a miles de personas desesperadas en una fuerza invasora, dejamos de analizar quién organizó el desplazamiento, quién permitió el paso, qué información circuló y por qué España no estaba preparada para responder.

Marruecos no es un socio desinteresado

La primera responsabilidad corresponde a quienes empujaron a miles de personas hacia una frontera marítima sin garantías de seguridad. Los fallecidos durante el cruce no son una nota al pie de la crisis: son la prueba de que alguien convirtió la desesperación en mecanismo de presión.

El balance de muertes ascendió durante la jornada y llegó a 57 personas según los últimos datos difundidos. Muchas murieron ahogadas, mientras otras perdieron la vida en estampidas o en medio del caos producido por la concentración masiva. Europa Press

Marruecos sostiene una relación de cooperación con España, pero la cooperación no equivale a amistad ni elimina los intereses propios. Rabat sabe que la presión migratoria puede convertirse en una herramienta diplomática de primer orden, sobre todo cuando Madrid depende de la colaboración marroquí para controlar sus fronteras africanas.

La cuestión incómoda es que España ha aceptado esa dependencia porque le resultaba políticamente conveniente. Mientras Marruecos contenía las salidas, el Gobierno español podía presentar la situación como controlada. Cuando los controles se relajaron o fueron superados, la supuesta estabilidad desapareció en unas horas.

No hace falta afirmar que el Gobierno marroquí ordenó cada entrada para reconocer una evidencia: ningún Estado serio debería basar su seguridad fronteriza en la confianza personal que mantenga con el régimen del país vecino. Una frontera no puede funcionar como un grifo que otro gobierno abre o cierra según sus intereses.

El Gobierno español reaccionó tarde

Pedro Sánchez visitó Ceuta después de que la ciudad estuviera desbordada, con miles de personas durmiendo en calles, parques y espacios improvisados. El Ejecutivo desplegó militares, policías y recursos de emergencia, pero la movilización llegó cuando la crisis ya había provocado muertes, colapso logístico y una fractura política difícil de reparar.

El presidente ceutí denunció que había advertencias previas y calificó la respuesta estatal de tardía e insuficiente. Su comparación entre la llegada a Ceuta y una hipotética entrada de decenas de millones de personas en la España peninsular puede ser retórica, pero expresa una proporción que las cifras oficiales no permiten ignorar.

La política migratoria no puede limitarse a escoger entre dos frases prefabricadas. Una parte de la izquierda parece incapaz de pronunciar la palabra frontera sin añadir una disculpa, como si reconocer la necesidad de control equivaliera a negar la dignidad humana. Una parte de la derecha, mientras tanto, utiliza la palabra invasión para evitar cualquier análisis sobre las causas, los acuerdos internacionales y las responsabilidades concretas.

La frontera existe para ordenar la entrada, no para castigar a quien intenta cruzarla. El Estado tiene la obligación de impedir accesos irregulares, rescatar a quienes estén en peligro, identificar a las personas llegadas y garantizar que cualquier devolución respete la ley. Las cuatro tareas no se excluyen entre sí.

Miles de personas comenzaron a regresar a Marruecos después de comprobar que Ceuta no era el paraíso prometido por los rumores. El Gobierno calculó en 37.500 los retornos hasta la tarde del viernes, una cifra que revela que muchos cruzaron empujados por expectativas falsas y que la operación migratoria pudo haber sido alimentada por una información deliberadamente manipulada.

La tragedia no puede convertirse en propaganda

La crisis de Ceuta ha servido para confirmar lo que cada bloque político ya quería decir. Para unos, demuestra que España necesita endurecer su política migratoria. Para otros, prueba que Marruecos utiliza a su población como arma de presión. Para muchos ciudadanos, confirma algo más sencillo: el Gobierno no sabe qué hacer cuando una crisis supera el tamaño de sus comunicados.

Es legítimo exigir control fronterizo. También es legítimo preguntar por qué se permitió que miles de personas se lanzaran al mar, por qué las advertencias no generaron una respuesta preventiva y bajo qué condiciones se están produciendo los retornos. Lo que no resulta aceptable es utilizar a los muertos para reforzar una consigna.

Los migrantes no son responsables de la debilidad diplomática española ni de la falta de previsión de sus gobernantes. Tampoco son una masa abstracta que pueda trasladarse de un país a otro como si no tuviera rostro, edad, miedo ni responsabilidad individual.

España necesita una política migratoria que no dependa de la improvisación, de los favores de Marruecos ni de la propaganda partidista. Necesita fronteras protegidas, acuerdos verificables, vías legales de entrada, procedimientos rápidos y una respuesta humanitaria que no confunda compasión con ausencia de Estado.

Ceuta no fue invadida. Fue utilizada como escenario de una crisis en la que convergieron la desesperación de miles de personas, la debilidad de una frontera y el cálculo político de varios gobiernos. La pregunta decisiva no es cuántos entraron, sino quién sabía que aquello podía ocurrir y por qué nadie actuó antes.

La redacción de Diario Ya!, dirigida por su editor José Luis Castillejos, reúne más de 30 años de experiencia profesional en cobertura periodística nacional e internacional, con rigor, independencia e imparcialidad.

Seguir Leyendo
Haga clic para comentar

Deja una Respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Anuncio

Opinión