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K’in Ch’ulelal, la Fiesta de las Almas en el Panteón de Zinacantán
En los Altos de Chiapas, donde la tierra toca imaginariamente el cielo, el pueblo tzotzil celebra el K’in Ch’ulelal, la Fiesta de las Almas.
Zinacantán.- La niebla ligera cubre el cerro. Al frente el enorme horizonte preñado de pinos. El panteón, en la parte más alta del municipio, despierta con el sonido de campanas lejanas. Familias tzotziles, con sus trajes tradicionales (hombres de chalecos bordados y pantalones, mujeres de blusas floreadas y faldas), suben por el sendero cargando canastas, ramos y bolsas de yute.
En los Altos de Chiapas, donde la tierra toca imaginariamente el cielo, el pueblo tzotzil celebra el K’in Ch’ulelal, la Fiesta de las Almas. No es solo un día de recuerdos: es el momento en que los difuntos regresan.
Las lápidas, muchas construidas como pequeñas casas o capillas, están cubiertas de juncia (puntas de pino verde) que forma una alfombra perfumada. Sobre las tumbas se colocan elotes hervidos, chayotes, plátanos, cañas, naranjas y manzanas. Grandes arreglos de flores cultivadas por las mismas familias (geranios, dalias, gladiolas, girasoles) transforman el cementerio en un jardín de colores.
Aquí la juncia abraza el alma. Desde hace décadas el cempasúchil acompaña a los muertos. Cada flor es un camino, es un sol, cada fruto una ofrenda para que el ch’ulel reconozca su casa.
Tres grupos de mayordomos y sacristanes, ataviados con trajes ceremoniales, recorren el panteón. Se detienen frente a cada tumba. Uno eleva la voz en un imperceptible latín y luego en tzotzil, mientras los músicos tocan flauta, guitarra y tambor. El responso lo hacen los guardianes del K’atin Bak, el lugar de los huesos ardientes, para permitir que el alma salga y disfrute lo que su familia le ha preparado: comida, frutas, y en las tumbas de niños, Sabritas y dulces.
Los mayordomos piden permiso a los guardianes de las almas. Solo aquellas que en vida respetaron las fiestas y terminaron sus trabajos pueden regresar estos dos días. El primero para convivir. El segundo para despedirse. El «encuentro» entre los vivos y los muertos muchas veces se hace al ritmo de cánticos y vasitos de aguardientes. Lo ví en Zinacantan y lo corroboré en Chamula.
En las casas, las familias preparan la ofrenda del hogar alrededor del fogón. Las mujeres remueven el atole agrio, comenzado el 30 de octubre. Otras hacen caldo de carne ahumada de res, aromatizado con hierbabuena y epazote, acompañado de col y chile. Sobre la mesa, juncia, velas de cera y de sebo, tamales, posh y frutas. A las ocho de la mañana suben al panteón cargadas de comida.
Familias completas se sientan junto a las tumbas. Algunos comen, otros platican en voz baja con sus difuntos. Niños corren entre las flores. Las campanas siguen sonando. Algunos hombres beben posh, otros cervezas.
Te traje el elote y el chayote que tanto te gustaban, reza una mujer. Cuéntame cómo estás allá arriba. Aquí la milpa no dio bien este año por la sequía.
Permanecen horas. No hay prisa. Es un convivio entre los que aún caminan y los que se adelantaron en el camino.
Segundo día
Los mayordomos y sus ayudantes recogen las ofrendas de fruta en bolsas de ixtle. Forman una procesión y bajan bailando hacia la iglesia de San Lorenzo. En el atrio reparten la fruta entre la gente: lo que se ofreció a las almas ahora alimenta a la comunidad. Los músicos siguen tocando. El sol se oculta detrás de las montañas.

Luego se recoge el altar de la casa, para que ningún espíritu ajeno aproveche lo que pertenece a la familia. El K’in Ch’ulelal termina, pero la memoria queda. En Zinacantán el panteón no es un lugar de ausencia: es el punto más alto donde vivos y muertos se encuentran, abrazados por la juncia y el color de las flores.
I
Subo a los Altos la tarde del 31 de octubre, cuando el frío ya se mete por las costuras de la camisa. Abajo dejé Tuxtla con su calor de comal y sus tamales humeando en hoja de plátano. Aquí arriba el aire huele a ocote y a leña mojada.
La carretera se enrosca en el cerro como un mecate viejo. En cada curva aparece un pino, una casa de adobe, una cruz verde clavada a la orilla del camino. La neblina baja por las laderas despacio, como si alguien la sirviera con una jícara desde lo alto del monte.
En las tienditas de la orilla venden velas de cebo, manojos de flor de muerto y botellas de posh sin etiqueta. Un hombre carga en la espalda un tercio de juncia, las agujas de pino amarradas con mecapal. Va cuesta arriba, hacia donde voy yo, hacia donde van esta noche los que vienen de regreso.
II
El panteón de Zinacantán está en una loma y desde abajo parece un jardín sembrado al revés. Las tumbas son montículos de tierra, algunas tumbas están recubiertas de mármol, de juncia y pétalos. Sobre cada una hay una cruz de madera pintada y un arco de flores que el viento apenas mueve.
Las familias llegan desde temprano con la comida envuelta en servilletas bordadas. Tienden el pino en el suelo y acomodan lo que al difunto le gustaba: una naranja, el plato de caldo, la cajetilla de cigarros que nadie más va a fumar. Los hombres sirven posh en vasitos de plástico; un trago para el que vino de lejos y otro para el que lo espera.
Una mujer, de rodillas junto a una cruz pequeña, habla en tzotzil con voz baja y pareja. No entiendo sus palabras, pero entiendo el tono: es el de quien pone al día a un pariente después de un viaje largo. Le cuenta, imagino, cómo vino la milpa este año y quién se fue al norte y no ha vuelto.
A su lado duerme un niño envuelto en el chal de la madre, con los cachetes rojos de frío. Es el único que descansa. Los demás velan, porque al muerto que llega cansado no se le deja solo en su primera noche de visita.
Al caer la oscuridad el panteón se enciende. Las velas dibujan un cielo al ras de la loma y el humo del copal sube derecho, sin prisa. Se ríe y se llora con la misma boca. Alguien recuerda al que se fue enojado y ahora vuelve manso, domesticado por la sombra.
Un hombre con su hija vende papitas fritas, otro mango con chile. Algunos comen elotes hervidos o pollo asado. Es un día de fiesta más que de duelo.
III
Los abuelos dicen que los muertos se van a vivir abajo, a un mundo donde es de día cuando aquí es de noche. Allá maduran despacio, en la oscuridad húmeda, igual que la semilla de maíz que se entierra para volver hecha mata.

En Palenque, a unas horas de esta loma, una piedra cuenta lo mismo en otro idioma. Es la lápida que cubre el sarcófago de Pakal, el señor que gobernó la ciudad hace más de trece siglos. Ahí está tallado el rey en el umbral de las fauces de la tierra, y de su cuerpo se levanta la ceiba que sostiene el cielo.
Los arqueólogos todavía discuten si Pakal cae o renace. Las mujeres de Zinacantán no cargan esa duda. Saben que quien baja a la tierra regresa, y por eso le barren el camino con pino y lo alumbran con flores amarillas, para que no se pierda en la subida.
IV
En la tierra caliente los muertos llegan de otro modo. Me acuerdo de los panteones del Soconusco, donde el aire pesa a sal y a cacao fermentado, y la marimba se instala entre las tumbas como un pariente más. Ahí los vivos sudan bajo los almendros y al muerto se le recibe con baile, porque así fue en vida y así hay que tratarlo.
En los pueblos de la orilla del Grijalva las tumbas se pintan de azul cielo y de rosa mexicano. Se encalan las cruces, se chapea el monte, y la flor de muerto se revuelve con la cresta de gallo hasta que el panteón entero parece un día de plaza. El papel picado cuelga de los alambres y tiembla con el aire caliente de la tarde: es el cielo de los pobres, un firmamento recortado a tijera.
Abajo la muerte se festeja a pleno sol; arriba se vela en la penumbra. En los dos sitios, sin embargo, se pone el vaso de agua para la sed del camino y la sal para que el alma no se extravíe. Y en los dos alguien pronuncia el nombre del ausente llamándolo a la mesa.
V
En la madrugada del 2 de noviembre la neblina volvió a cerrar la loma. Las velas se han consumido hasta dejar charquitos de cera sobre la juncia, y la comida del altar ya no sabe a nada. Dicen que es porque los muertos le comieron el olor.
Las familias recogen las servilletas, se reparten lo que quedó y bajan despacio, sin voltear mucho. La mujer de la cruz pequeña es de las últimas en irse. Se persigna, dice algo más en tzotzil, acomoda una flor que el viento había movido, y luego se echa al niño a la espalda y empieza a bajar.
VI
En San Juan Chamula, a unos pocos kilómetros de Zinacantán, el panteón del barrio de San Sebastián se extiende sobre un cerro y rodea las ruinas de la antigua iglesia del mismo nombre. Del templo del siglo XVII solo quedan las paredes. Según cuentan los chamulas, quedó abandonado después de un temblor (o de un incendio, según otras versiones) porque un templo que no es capaz de protegerse a sí mismo no merece que se le siga rindiendo culto.

Las tumbas son, en su mayoría, montículos de tierra cubiertos de juncia. Sobre ellos se clavan cruces de madera o de cemento, según las posibilidades de cada familia. Tradicionalmente el color de la cruz indicaba la edad del difunto: blanca para los niños o jóvenes, azul o verde para los adultos y negra para los ancianos. Esta costumbre ya no se sigue de manera estricta, pero todavía se ven cruces de distintos colores. Los chamulas llaman a sus panteones K’atin Bak, el lugar de los huesos ardientes. Dicen que si se toca la tierra se siente caliente, porque los huesos de los muertos la calientan.
Hay tres panteones en el pueblo, uno por cada barrio. El de San Sebastián es el más visible para quien llega desde San Cristóbal. En el Día de Muertos las familias cubren los montículos con juncia y cempasúchil, y dejan ofrendas de comida, fruta, atole, cerveza, Coca-Cola y posh. A diferencia de Zinacantán, donde predomina el silencio y las flores cultivadas por las propias familias, en Chamula la visita a los muertos suele ser más bulliciosa. Se oyen, en algún momento del día, casi al despuntar el alba, grupos de música, se bebe y se conversa junto a las tumbas.
En el paraje de El Romerillo, también dentro del municipio, el panteón está en lo alto de una colina a unos 2,300 metros. Ahí se levantan 22 cruces de madera de gran tamaño (algunas llegan a los nueve metros), cada una correspondiente a una comunidad que tiene derecho a enterrar a sus muertos en ese lugar. Está prohibido construir tumbas de concreto. Todos descansan en montículos de tierra cubiertos de juncia. Los días previos al 1 de noviembre las familias renuevan los adornos de las cruces con ocote fresco y cempasúchil, limpian los caminos y se reúnen para recibir a las almas.

Yo me quedo un rato mirando las cruces en la luz gris. La de los adultos quedaron mirando al oriente y los niños al poniente. Pienso que mientras alguien suba estas lomas con un tercio de pino en la espalda, mientras alguien diga tu nombre en la penumbra de la cocina, tú no estás muerto. Solo has pasado al otro cuarto de la casa, esperando que aclare para volver a caminar juntos.
