Política
Desplantes de Noroña enloquecen al Senado y dividen a Morena
Los desplantes muestran cómo la impunidad puede cambiar a un político
El desempeño de la SRE no es el único espectáculo en la política mexicana. Esta vez, el protagonismo lo acapara Gerardo Fernández Noroña, cuyos constantes exabruptos lo han llevado de ser un símbolo de la lucha callejera a convertirse en un problema incómodo para su propio partido. Los desplantes de Noroña se han vuelto rutina: insultos en aeropuertos, gritos en el Senado, riñas con estudiantes y hasta el uso de su investidura para exigir disculpas públicas de ciudadanos que lo increpan.
Esta semana, el senador morenista logró lo impensable: que un ciudadano se presentara en el Senado a leerle una disculpa por haberlo confrontado en un aeropuerto. El acto, que más parecía una escena de sumisión forzada que un acuerdo legal, fue calificado por analistas y simpatizantes del propio Morena como un “pésimo precedente”. ¿El colmo? Mientras escuchaba a su “agresor” arrepentido, Noroña tomaba café, complacido.
Desplantes de Noroña: del megáfono al poder
Noroña comenzó su carrera entre consignas y toletazos, ganándose un aura de resistencia. Pero con el paso al poder vino también el viraje: ya no confronta al sistema, sino que lo usa. En un solo año ha insultado al hijo de Calderón en un aeropuerto, ha gritado en supermercados por cuestionamientos sobre su austeridad y ha perdido el control ante estudiantes del CIDE que lo acusaban de minimizar la crisis de desapariciones en México.
Desplantes de Noroña revelan abuso de investidura
Su último capítulo ocurrió en el AICM, en una sala VIP —sí, VIP— donde fue increpado por el abogado Carlos Velázquez. Lejos de ignorarlo o dejar que la confrontación se diluyera, Noroña lo denunció penalmente y lo obligó a retractarse en público. El propio Gerardo Esquivel, cercano a Morena, lo tachó de inadmisible. ¿Desde cuándo un político que se dice del pueblo necesita a la fiscalía para silenciar críticas?
Desplantes de Noroña rebotan dentro de Morena
El desgaste es real. La rebelión interna ya empezó: desde el PT lo acusaron de traidor por haberse sumado a Morena y lo despidieron con abucheos. En el Senado, sus gritos contra Alito Moreno, sus viajes en primera clase y su intolerancia a cualquier crítica ya no son vistos como actos de rebeldía, sino como expresiones de arrogancia. El hombre que alguna vez denunció abusos ahora es quien los perpetra.
Hablando en serio
Los desplantes de Noroña no son anecdóticos: muestran cómo la impunidad puede cambiar a un político combativo en un actor autoritario. Cuando se normaliza el abuso desde el poder, incluso desde la izquierda, la ciudadanía pierde sus garantías mínimas de libre expresión. ¿Hasta qué punto puede tolerarse que un senador utilice su cargo para exigir reverencias y callar críticas incómodas?

