Política
Alito enfrenta la ruptura PRI PAN como si nada pasara
Alito asegura que el PRI “es inmortal”, pese al desplome del partido.
Alejandro “Alito” Moreno vuelve a escena con su mezcla de arrogancia y cinismo político. Frente al inminente colapso de la coalición opositora, el líder del PRI insiste en que la ruptura PRI PAN no le quita el sueño. Entre fotos de Colosio y retratos suyos en todos los tamaños, se declara optimista, casi inmortal, aunque su partido acumula derrotas, fugas y una reputación hundida en escándalos.
El dirigente campechano, que lleva seis años al frente del histórico partido, sostiene que “las alianzas llegaron para quedarse”. Y, aun con tono burlón, reta al PAN a competir en plazas donde sin el PRI no tienen peso alguno. Chihuahua, Nuevo León, Querétaro o Aguascalientes son los ejemplos que lanza como si fueran cartas marcadas sobre la mesa.
Su discurso repite la vieja fórmula del político que no reconoce la crisis. Habla de unidad, de vocación aliancista y de que “en política nunca se cierran las puertas”. Pero en el fondo, el mensaje suena más a advertencia que a reconciliación: si el PAN decide ir solo, el PRI “le dará con todo”.
Ruptura PRI PAN: un divorcio anunciado
La ruptura PRI PAN es más que un desacuerdo táctico. Es el síntoma de una oposición que perdió brújula, fuerza y narrativa. Alito intenta mantener viva la idea de un bloque opositor, incluyendo a Movimiento Ciudadano, aunque lo insulta en la misma frase. Llama a los emecistas “cínicos y esquiroles”, mientras les extiende una invitación a unirse “por el bien de México”.
Esa contradicción define el tono del dirigente: desafiante, combativo, pero sin rumbo. Habla como si aún dirigiera al partido de los 70 años de hegemonía, aunque el PRI de hoy apenas ronda el 12 % de apoyo nacional. Niega los rumores sobre su desafuero, se defiende de acusaciones de enriquecimiento ilícito y hasta presume su camioneta blindada con un “me vale madre”.
Lo cierto es que su estrategia se resume en sobrevivir. Apuesta por el desgaste del gobierno y la división de la oposición, esperando que la nostalgia por el viejo PRI algún día resurja. Pero ni el discurso de “instituciones construidas” ni los fantasmas de Colosio parecen revivir a un partido que se desangra entre exgobernadores prófugos y militantes exiliados en Morena.
Un líder bajo asedio y sin aliados firmes
Moreno admite que ha recibido amenazas de muerte y asegura que el gobierno “lo persigue hasta por debajo de la suela”. Suena a película, pero también a estrategia: presentarse como víctima del sistema para justificar la parálisis del partido. Mientras tanto, la base priista se reduce, los liderazgos estatales buscan acomodo en otros colores y las encuestas lo colocan en el sótano político.
Aun así, Alito repite su mantra: “El PRI es inmortal”. No hay autocrítica real ni revisión profunda. Solo un relato de resistencia en tono épico que intenta maquillar una realidad incómoda: el tricolor ya no compite por el poder, sino por su supervivencia.
En los pasillos del PRI ya nadie se atreve a cuestionar su liderazgo. Quien lo hace, termina fuera. El partido que alguna vez presumió de institucionalidad hoy se ha convertido en un proyecto personalista donde el culto al dirigente pesa más que la ideología.
Hablando en serio
La ruptura PRI PAN refleja el agotamiento del viejo sistema político mexicano y la falta de alternativas sólidas para una oposición real. Si el PRI sigue girando en torno a la figura de Moreno, corre el riesgo de desaparecer como fuerza relevante antes de 2030. Y si el PAN no redefine su estrategia, quedará atrapado entre la fragmentación y la irrelevancia.

