Internacional
Cardenal Cipriani reaparece en Roma pese a sanción del Papa: víctimas denuncian impunidad
El escándalo ha estallado en el Vaticano tras la reaparición del cardenal Cipriani, acusado de abuso sexual infantil
El escándalo ha estallado en el Vaticano tras la reaparición del cardenal Cipriani, exarzobispo de Lima, acusado de abuso sexual infantil, quien fue sancionado por el papa Francisco en 2019 y apartado de toda vida pública. Pero ahora, tras la muerte del Pontífice, ha sido visto en Roma participando de actos oficiales como si nada.
Vestido con los símbolos de su cargo, el cardenal peruano ha acudido al velorio y tumba del Papa, y ha participado en las congregaciones previas al próximo cónclave. Todo esto, pese a que Francisco le impuso un precepto penal que incluía exilio, silencio público y prohibición de portar insignias eclesiásticas. Y aunque el Vaticano reconoció oficialmente en enero que la sanción sigue en vigor, Cipriani se pasea hoy por la Santa Sede con total normalidad.
Cardenal Cipriani: ¿un castigo simbólico sin consecuencias reales?
La denuncia pública proviene de la misma persona que en 2018 escribió al Papa relatando los abusos sufridos a manos de Cipriani en 1983, cuando era un niño. No pidió indemnización. Solo justicia.
Francisco actuó: ordenó una investigación, consideró creíble el testimonio, aceptó su renuncia y lo sancionó. Pero hoy, esa sanción parece una farsa. “El mensaje es que se murió el Papa y regresa la fiesta”, resume con rabia el denunciante, que teme represalias y pide anonimato.
Peor aún: desde hace meses, Cipriani ha vuelto a aparecer en actos públicos. En enero fue homenajeado en Lima con medalla de oro incluida, cortesía del alcalde ultraconservador Rafael López Aliaga. También ha lanzado cartas desafiantes contra el Vaticano y la Conferencia Episcopal Peruana, en las que se victimiza y niega los hechos.
Cardenal Cipriani: impunidad con sotana
En lugar de acatar el castigo, el cardenal Cipriani ha hecho campaña para limpiar su imagen, presionando incluso a su denunciante para retractarse. Lo acusó de tener “problemas psiquiátricos” y ha buscado “una disculpa” que pueda usar ante el Papa. Sin éxito.
Y ahora, tras la muerte de Francisco, su presencia en Roma se vuelve aún más ofensiva: porque no solo desafía las sanciones, también se infiltra en las discusiones del nuevo cónclave. Técnicamente no votará —tiene más de 80 años— pero su mera participación manda un mensaje de poder e impunidad.
¿Qué dice el Vaticano? Nada. Tres días consecutivos de preguntas de la prensa no han arrancado una sola declaración clara. Solo evasivas: que “el caso es conocido” y que “todos los cardenales pueden participar” en las reuniones. El director de prensa, Matteo Bruni, no quiso confirmar si Cipriani está violando la sanción.
Hablando en serio
Este caso es un espejo brutal de lo que sigue mal en la Iglesia católica: un sistema que castiga en silencio, pero tolera en público. Que permite que un cardenal sancionado por abusos sexuales se luzca en el corazón del Vaticano, mientras sus víctimas reviven el horror. La reaparición de Cipriani no es solo una afrenta personal: es una burla al pontificado de Francisco, a las víctimas y al intento —tímido pero real— de limpiar una institución históricamente cómplice. ¿Cuánto más se puede callar antes de que la credibilidad estalle?

