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San Juan Chamula, un vértice entre lo sagrado y lo terrenal

Descubre la riqueza cultural y los rituales ancestrales de San Juan Chamula, un pueblo en Chiapas donde lo sagrado y lo terrenal conviven en un delicado equilibrio.

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San Juan Chamula, un vértice entre lo sagrado y lo terrenal
Foto: Chepe Zain

Descubre la riqueza cultural y los rituales ancestrales de San Juan Chamula, un pueblo en Chiapas donde lo sagrado y lo terrenal conviven en un delicado equilibrio.

Desperté, no por el rumor del día que asomaba, sino por el estallido de un cohete que rompió el silencio de las montañas. A lo lejos, la banda de música avanzaba en procesión, recordándome que este pueblo, incrustado en un valle entre pinos, es un espacio donde el tiempo parece perderse entre el follaje y las sombras. Aquí, cada rincón es testigo de un tránsito perpetuo, un caminar entre lo visible y lo invisible, donde las viejas tradiciones mayas coexisten con los ecos de la fe cristiana impuesta en el siglo XVI.

Mis pasos, ligeros para no quebrar el hechizo, me llevaron hasta la iglesia blanca de San Juan Chamula. Dentro de ella, las velas parpadeaban, y entre el titilar de las luces y el aroma a pino quemado, se elevaba la plegaria en lengua tzotzil. Noventa y ocho velas iluminaban el rostro de un sacerdote de túnica blanca, que murmuraba palabras indescifrables frente a un altar custodiado por la imagen de Manuelito y el Señor de Esquipulas. Sentí que en esa lengua se desbordaban siglos de plegarias, clamores a dioses antiguos que aún resistían en el eco de los rezos.

El aire se llenaba del aroma a juncia y parafina, mezclado con el vaho alcohólico del posh, el aguardiente que corre en las venas de las festividades indígenas. En el suelo, no había bancos. Solo cuerpos arrodillados, ojos cerrados, manos entrelazadas en oración frente a los treinta y seis santos que vigilaban, impasibles, el templo. El techo, una bóveda invertida, tenía 15 estrellas que parecían custodiar este santuario, y ramos florales colgaban, meciéndose con la brisa helada que cruzaba la nave, mientras las telas ondeaban como pequeñas olas que no alcanzaban la costa.

En esa penumbra apenas iluminada por las velas, me pareció que la luz danzaba. Pequeñas llamas que oscilaban, mordiéndose a sí mismas, reflejando en sus destellos una nostalgia ancestral. Desde lo alto, la mirada de un Cristo parecía escrutar el tiempo detenido, acompañado por San Mateo, San Juan Bautista y San Juan Menor, cuyas imágenes custodiaban el recinto sagrado.

A un costado, una curandera se preparaba para el ritual. Un niño en brazos de su madre, una gallina inmóvil, y el instante en que la sacerdotisa habría de torcerle el pescuezo al animal, cerraban el círculo de limpieza espiritual. El posh se derramaba en la boca de la curandera, quien, satisfecha con la ceremonia, sonreía mostrando el brillo dorado de un diente. La madre, aliviada, bebía también, mientras una sonrisa escapaba de sus labios, interrumpida brevemente por el sonido profano de un celular que sonaba en plena oración.

La vida en San Juan Chamula transcurre entre lo visible y lo intangible. Los turistas, forasteros en esta tierra de secretos, saben bien que está prohibido capturar en fotografías o videos los misterios que aquí habitan. Una simple transgresión a esa norma podría costarles el ser azotados, expulsados o incluso linchados. Los indígenas protegen celosamente sus rituales, temiendo que el robo de una imagen sea también el robo de su alma y la de sus santos.

El templo es el corazón de San Juan Chamula, la joya que corona este pueblo donde la religiosidad se manifiesta en cada rincón. La fachada, un gran arco de medio punto adornado con cruces y círculos en tonos azules y blancos, es apenas la puerta a un mundo suspendido en el tiempo. Adentro, el incienso flota como un río entre las paredes, y el suelo cubierto de pino amortigua los pasos de aquellos que se atreven a cruzar el umbral.

Los rezos se mezclan con el sonido de las velas que se consumen lentamente, y los ojos de los indígenas están clavados en el suelo, sus labios murmuran plegarias mientras sus almas parecen elevarse en cánticos antiguos, resonando en la fría tarde. Pareciera que el eco de los mayas aún se escucha, su voz inmutable, invocando al dios de la montaña mientras el sacrificio de las gallinas es el tributo que asegura el equilibrio entre lo terrenal y lo divino.

Frente a la iglesia, el bullicio del mercado contrasta con el silencio sacro del templo. Las frutas desprenden aromas dulces, y entre los puestos se entremezclan chayotes, calabazas, piñas y tejidos de colores. Los niños corretean, ofreciendo sus mercancías a los visitantes que, aunque ajenos, no pueden evitar sentirse inmersos en este otro tiempo, en este otro mundo.

San Juan Chamula, situado a 2,200 metros sobre el nivel del mar, alberga a casi 60,000 habitantes. Es un pueblo que nació tras la derrota de los chiapanecas en 1524, y desde entonces, ha mantenido sus creencias intactas, uniendo lo prehispánico con lo cristiano. Los barrios de San Juan, San Pedro y San Sebastián forman el centro ceremonial donde las cruces en los cerros sagrados se mezclan con las ruinas de la iglesia de San Sebastián, testigos silenciosos de la historia.

Aquí, donde la voz de los mayas aún resuena, el tiempo parece haberse detenido. San Juan Chamula es más que un pueblo; es un viaje a lo desconocido, un portal hacia un lugar donde la realidad se entrelaza con el mito, donde lo sagrado y lo terrenal conviven en un delicado equilibrio que solo quienes se atreven a mirar pueden entender.

La redacción de Diario Ya!, dirigida por su editor José Luis Castillejos, reúne más de 30 años de experiencia profesional en cobertura periodística nacional e internacional, con rigor, independencia e imparcialidad.

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