Opinión
Hemos puesto en marcha la máquina de fabricar narcisistas
La tecnología se ha convertido en una inmensa fábrica de narcisistas.
La tecnología, que en un principio prometía conectar a las personas y derribar barreras, parece haberse convertido en una inmensa fábrica de narcisistas. Las redes sociales, las plataformas de streaming y hasta los algoritmos de recomendaciones personalizadas nos permiten vivir en una burbuja de contenido hecho a la medida de nuestros gustos, sin la molestia de toparnos con perspectivas que no coincidan con las nuestras. Aunque esto parezca cómodo, a la larga nos vuelve cada vez menos tolerantes.
Según un metaanálisis publicado en BMC Psychology, el uso problemático de las redes sociales se asocia con el aumento de síntomas de ansiedad, tanto generalizada como social. Si bien la correlación entre el consumo intensivo de redes sociales y la aparición de rasgos narcisistas no se aborda de manera directa en ese estudio, sí se destaca la fragilidad emocional y la dependencia de la aprobación externa, características que pueden sentar las bases para una actitud narcisista.
Otro estudio, esta vez en el Journal of Computer-Mediated Communication, menciona que el uso pasivo de redes sociales—es decir, desplazarnos sin realmente interactuar, limitándonos a observar y a poner “me gusta” aquí y allá—puede tener efectos negativos en nuestras relaciones personales. Se genera una desconexión progresiva con quienes piensan distinto, alimentando una intolerancia silenciosa que nos impide abrirnos a otras perspectivas. En este sentido, estos espacios virtuales pueden reforzar el ego, impulsándonos a mostrar solo nuestro lado más atractivo, logrando la adulación inmediata de los seguidores e impidiendo un diálogo profundo.
Seguro que han vivido esta situación: al tratar de plantear argumentos opuestos a algún «creador de contenido», la reacción más común ha sido el bloqueo inmediato o el insulto. En lugar de un debate constructivo, la respuesta a la diferencia de opiniones ha sido el cierre total del espacio de interacción. ¿No les ha sucedido al menos una vez esta semana?
Esta experiencia debería hacernos cuestionar si acaso vivimos en una época en la que la lógica y el intercambio de ideas han sido reemplazados por el culto permanente a la imagen personal, donde la crítica se interpreta como un ataque irreconciliable.
Ahora bien, esta actitud narcisista derivada de la sobreexposición tecnológica no solo está afectando nuestras relaciones personales. También se filtra en la forma en que nos relacionamos, como sociedad, con los organismos oficiales y los actores políticos. Bajo esta tendencia —que podríamos llamar “narcisismo tecnocrático”—, preferimos el protagonismo y la “marca personal” antes que la reflexión colectiva. Las plataformas digitales, en vez de convertirse en espacios de transparencia y debate, se usan para alimentar el ego de gobernantes y funcionarios, que proyectan una imagen “curada” de sí mismos para afianzar poder o legitimidad sin someterse a una crítica profunda.
En consecuencia, cuando nuestros representantes, funcionarios y/o líderes se enfocan más en la cantidad de “me gusta” o en la aprobación inmediata de un círculo afín que en las demandas reales de la gente, corremos el riesgo de perder la capacidad de entablar un diálogo público serio y equilibrado. La inmediatez y el aplauso fácil pueden incluso empujarnos a tomar decisiones políticas impulsivas, sin pasar por un proceso de contraste y deliberación. ¿Qué tan fiable es nuestra democracia si el escrutinio ciudadano se diluye entre hashtags, “fake news” y burbujas de información personalizadas?
¿Cómo puede esta tendencia ser compatible con la necesaria introspección y la carencia de egos desmedidos a la hora de tomar decisiones? ¿Cómo podría por ejemplo un funcionario, que debe ser imparcial a la hora de ejecutar una norma, mantener su independencia y criterio si, desde el mismo comienzo de su ejercicio, depende de la aceptación de su cargo por una votación de popularidad? ¿Cómo podría mantener su ecuanimidad, sabiendo que su permanencia en dicho cargo está sujeta a mantener esa popularidad inicial, como si se tratase de una «rock-star»?
La sociedad necesita de esa sana evaluación crítica de las decisiones políticas para progresar. Pero si continuamos reforzando un escenario donde prima el exhibicionismo digital, la intolerancia y el rechazo a cualquier perspectiva contraria, terminaremos por neutralizar el mecanismo que nos permite exigir cuentas y evaluar objetivamente a quienes nos representan.
Te invito, lector, a reflexionar: ¿Te has encontrado alguna vez en una situación parecida? ¿Has sentido esa barrera infranqueable a la hora de debatir o compartir una idea que contravenga la corriente dominante? ¿Cuántas veces has sido tú esa barrera? Quizá la tecnología, tan útil para conectar, se esté convirtiendo en una herramienta para el aislamiento y el ensimismamiento, también en el ámbito político y social.
Tal vez sea momento de preguntarnos si queremos seguir alimentando esta fábrica de narcisistas —cuyo radio de acción ya no se limita a lo personal— o si preferimos rescatar el verdadero espíritu de diálogo y convivencia ciudadana que, en teoría, la tecnología debía facilitarnos.

