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La magia atemporal de “La Viña de Bacco”

Bajo un toldo modesto y con mesitas repartidas como si esperaran a alguien desde hace siglos, encontré el espacio perfecto para una pausa.

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La magia atemporal de “La Viña de Bacco”

Caminaba sin rumbo por el andador de Real de Guadalupe —esa vena alegre y colorida que atraviesa San Cristóbal como un suspiro colonial—, con la mente divagando entre recuerdos que no valía la pena convocar, y el estómago, ya sabéis, cantando con voz de soprano. Fue entonces cuando un letrero amarillo con letras negras, sobrias pero decididas, captó mi atención. “La Viña de Bacco”. Me detuve. Y cuando me detengo frente a un lugar sin saber por qué, casi siempre es por algo. Me temo que no creo en las casualidades.

Bajo un toldo modesto y con mesitas repartidas como si esperaran a alguien desde hace siglos, encontré el espacio perfecto para una pausa. Una de esas pausas largas, aromáticas, con final incierto. Entré, y el aire cambió: olía a vino viejo y pan tostado, a maderas que han escuchado demasiadas conversaciones, a deseo de quedarse.

Lo primero que sentí fue esa hospitalidad antigua, no servil, sino cómplice: te dan una copa, y con ella, una sonrisa, una palomita y una tapa. Siempre. A cada bebida, una botana distinta. Esa generosidad de cantina ilustrada. Qué detalle tan simple y tan eficaz. Cómo no quedarse.

Me acomodé cerca de una ventana, en una mesa chueca que parecía querer contarme algo, y pedí vino. Tienen una carta de tintos y blancos que se pasea entre México, Argentina, Chile, España, Italia… como una especie de atlas etílico. Probé un tempranillo suave, de esos que te acarician el pecho al bajar. Y luego uno más robusto, malbec, seco y áspero como un beso inesperado. Pero no todo es vino: también hay cervezas artesanales, mezcal, mojitos con hierbabuena recién cortada —yo la olí desde lejos— y algún coctel de autor que se presenta sin alardes.

La comida, aunque secundaria, enamora. Tapas españolas: jamón serrano, queso manchego, aceitunas aliñadas, pan crujiente con aceite y ajo, tortilla de patata. Pero también guiños al lugar: quesadillas de flor de calabaza, laing con toque picoso, totopos con frijoles refritos y queso derretido. Cada plato, aunque sencillo, estaba servido con esa parsimonia respetuosa de quien entiende que comer no es nutrirse… es rendirse.

Y entre copa y copa, me descubrí escuchando. Porque en “La Viña de Bacco” se habla, se canta, a veces se toca el cajón o la guitarra. En un rincón alguien leía poesía en voz baja a una mujer que reía con los ojos. En otro, un par de mochileros discutían sobre el amor como si fuera una tesis doctoral. Y yo, en medio de todo, bebiendo, masticando, recordando… y entendiendo.

El lugar no busca impresionarte: su magia está en lo no forzado. En que no importa si entras solo, con hambre, con nostalgia o con una resaca emocional… te vas con algo más que alcohol en la sangre. Quizás un pensamiento, una sonrisa, una frase para guardar en la camisa como se guardan los pétalos.

Y cuando salí —no sabría decir cuánto después—, el mundo afuera seguía con su paso apurado, pero yo iba más lento, más lleno, más liviano. Porque hay lugares que no se visitan: te visitan ellos a ti. Y “La Viña de Bacco”, en aquella mañana cualquiera, me escogió sin avisar.

Y eso lo cambia todo.

La redacción de Diario Ya!, dirigida por su editor José Luis Castillejos, reúne más de 30 años de experiencia profesional en cobertura periodística nacional e internacional, con rigor, independencia e imparcialidad.

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