Opinión
Una soberana estupidez
No invitar al Rey de España a la toma de posesión es, por definición, una soberana estupidez.
La estupidez se utiliza para describir acciones o comportamientos que denotan torpeza, necedad o falta de lógica. Ejercer una acción como esta, dirigida hacia el máximo representante de un estado soberano, justifica plenamente que afirme que no invitar al Rey de España a la toma de posesión de la nueva presidencia de México es, por definición, una soberana estupidez.
México, mágico.
Apenas inicia el gobierno de Claudia Sheinbaum y ya comenzamos con decisiones dignas de un manual de cómo entorpecer relaciones diplomáticas. ¿De verdad esta es la agenda que queremos en pleno siglo XXI? No invitar al Rey de España a la toma de posesión por no disculparse por la Conquista de América en 1492 es, como ya he descrito, una soberana estupidez.
No importa que hoy tengamos una economía tambaleante, una crisis de seguridad, un sistema de salud debilitado, o afrentas internas más recientes que aún no se investigan, como los 43… ¡Lo más urgente es la disculpa del Rey de España!
¿Sirven de algo?
Diversos académicos e historiadores de renombre han explicado, una y otra vez, que el concepto de pedir disculpas por hechos históricos es, en muchos casos, una herramienta simbólica. Sin embargo, usarla como justificación para condicionar las relaciones bilaterales es una narrativa floja y manipuladora.
Tomemos las palabras de Enrique Krauze, uno de los intelectuales más críticos de esta demanda:
«Pedir perdón por la Conquista es un anacronismo histórico. Los Estados modernos no son responsables por lo que hicieron sus antecesores en otro tiempo».
Y tiene toda la razón.
España, como nación moderna, no es responsable de los actos que ocurrieron bajo una monarquía que, por cierto, ni siquiera tenía la misma estructura política que hoy. ¿Qué ganamos con exigir esta disculpa? ¿De verdad creemos que una disculpa pública del Rey transformará nuestra historia? Eso no es más que teatro. Y lo peor de todo es que, en este teatro, México queda como un país inmaduro, incapaz de manejarse en el escenario internacional con la madurez que requiere el siglo XXI.
Pero sigamos adelante. Octavio Paz, nuestro Nobel de Literatura, también dejó clara su postura:
«Las naciones modernas no pueden cargar con la culpa de sus antepasados como si fuera un pecado hereditario».
A ver, pongamos esto en perspectiva. ¿Qué sigue? ¿Vamos a exigir a Inglaterra que se disculpe por las invasiones napoleónicas? ¿A Francia por la ocupación de 1862? Este tipo de exigencias no sólo es absurdo, sino que también refleja una profunda falta de entendimiento de la historia y, peor aún, una necesidad de revivir viejas heridas en lugar de enfocarnos en el futuro.
No se trata de minimizar lo que sucedió en la Conquista. Fue un evento trágico que cambió el destino de millones de personas, pero perpetuar una narrativa victimista no nos llevará a ningún lado. Como bien ha señalado Guillermo Sheridan, otro de los grandes intelectuales de México,
«reparar el pasado no es posible, pero sí lo es construir un presente más justo».
Entonces, ¿por qué el gobierno de Sheinbaum insiste en colgarse de esta retórica inútil?
Consecuencias en las relaciones
Además, las consecuencias diplomáticas de este capricho son evidentes. España es uno de nuestros principales socios comerciales y tiene una influencia considerable en la Unión Europea. Condicionar la relación por algo tan trivial como una disculpa es cerrar puertas a futuras alianzas estratégicas. México necesita aliados fuertes en un mundo globalizado, y alienar a una potencia como España por una ofensa simbólica no es más que un despropósito.
Por otro lado, ¿quién en su sano juicio cree que el Rey de España se arrodillará a pedir perdón por algo que ocurrió hace medio milenio? Las disculpas forzadas no son auténticas, y cuando se piden en un contexto tan desfasado, pierden todo sentido. Al insistir en este absurdo, lo único que hacemos es quedar como un país incapaz de mirar hacia adelante, obsesionado con su pasado.
Para finalizar, es hora de que el gobierno de México, encabezado por Claudia Sheinbaum, ponga sus prioridades en orden. No podemos seguir desperdiciando capital diplomático en exigencias vacías. México tiene problemas serios que requieren soluciones reales. Deberíamos estar enfocando nuestros esfuerzos en combatir la inseguridad, mejorar la educación y fortalecer nuestras instituciones, en lugar de embarcarnos en cruzadas simbólicas que, al final del día, no resuelven nada.
Así que aquí estamos, en pleno 2024, peleando por fantasmas del pasado mientras el presente se nos cae a pedazos. ¿Qué haremos ahora? ¿Demandaremos una disculpa del Papa por la evangelización? ¿O tal vez del Reino Unido por haber invadido México en 1827? Sinceramente, México merece más que este teatro absurdo.
¿Una disculpa por la Conquista? ¡Qué soberana estupidez!

