Opinión
Carta de un emprendedor desesperanzado
Intentar crecer en México es como sembrar en tierra que tiembla.
Nunca imaginé que algún día me vería escribiendo esto con rabia más que con tinta
Tengo el sabor metálico del desencanto instalado en el paladar como un café frío que ya no despierta a nadie… pero aquí estoy, intentando encontrar palabras que se parezcan, aunque sea levemente, al dolor sordo de ver un país donde no se puede construir sin ver cómo te lo quitan todo, ladrillo por ladrillo, idea por idea.
Me refiero a México, sí… ese país que tantas veces se vende con el estandarte colorido de sus playas y su folklore —como si eso bastara para disfrazar la ruina—, pero que, a la hora de la verdad, se comporta como una madre ausente, como un padre que nunca llega, como una tierra fértil que ya no quiere parir más nada.
Intentar crecer aquí es como sembrar en tierra que tiembla. Literalmente, a veces. Pero no es eso lo que más duele. Duele la constante sospecha, el miedo de que en cualquier momento alguien —el crimen, el gobierno, el vecino, el azar— venga a despojarte de lo poco que lograste reunir. Duele mirar a tus hijos y saber que no les estás dejando un país, sino una trampa. Una trampa con himno y bandera, pero trampa al fin.
Uno cree, ingenuamente, que el trabajo duro te llevará a algún lugar… pero aquí, el esfuerzo se disuelve como sal en la herida. Las reglas cambian cada sexenio, los impuestos se multiplican como cucarachas, y las instituciones —esas que deberían proteger al ciudadano— sólo parecen despertar cuando hay algo que confiscarte. Me temo que en este lugar, quien se esfuerza, sobrevive; pero rara vez prospera. La movilidad social es una mentira bonita, un eslogan que se estrella contra la realidad de calles sin pavimento, escuelas sin agua, hospitales sin médicos.
Y sin embargo, seguimos… porque nos educaron para resistir, para aguantar lo que no se debe aguantar. Pero ya no quiero heredarle a nadie esa obediencia estéril. Ya no quiero enseñar a mis hijos a callar cuando los extorsionan, a sonreír cuando les roban, a hacer de tripas corazón cuando les niegan el derecho a estudiar, o crecer, a obtener un crédito o deben ver con resignación como las oportunidades nunca llegan porque su código postal huele a pobreza.
Hay días, lo confieso, en que me levanto creyendo que algo va a cambiar. Que quizás este gobierno —o el siguiente— por fin entienda que no se puede gobernar sobre la podredumbre sin mancharse. Pero luego leo las noticias, o hablo con alguien que intentó abrir un restaurante y terminó cerrando por no pagar “derecho de piso”, o escucho las historias de madres que se van a dormir con un ojo abierto por si la violencia entra por la ventana. Y se me pasa. Se me pasa rápido.
Aquí, tener una familia no es un proyecto, es un acto de fe. Tener un negocio es jugar a la ruleta rusa con seis balas. Y querer vivir mejor, querer vivir bonito, se vuelve un lujo culpable. Como comprenderás, eso no se puede sostener por mucho tiempo.
Y sin embargo, aquí seguimos. Porque nos enseñaron a querer esta tierra… incluso cuando nos maltrata. Porque algunos aún creemos que el amor no es solo para lo fácil. Pero cada vez somos menos. Y cada vez duele más. Y cada vez tenemos que irnos más lejos. Y cada vez estamos más agotados.

