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¿Ya lo podemos llamar dictadura partidista?

Borrar el pasado no limpia el presente. Solo nos condena a repetirlo.

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¿Ya lo podemos llamar dictadura partidista?

“Borrar el pasado no limpia el presente. Solo nos condena a repetirlo.”

El 16 de julio de 2025, la alcaldesa de Cuauhtémoc ordenó quitar las estatuas de Fidel Castro y el Che Guevara en Tabacalera. No fue por vandalismo. No fue por consenso vecinal. Fue por trámites: “instalación irregular”. Y eso, en un país como el nuestro, suena más a excusa que a causa. Es una vergüenza.

El retiro no fue parte de un debate público. No hubo foros, ni encuestas, ni reflexión comunitaria. Solo grúas y silencio. Nos están viendo la cara. El cinismo no tiene límites: se habla de legalidad cuando en realidad se evade la responsabilidad de educar, de contextualizar, de dialogar con nuestra historia.

Las figuras de bronce recordaban un hecho: el paso de dos hombres —polémicos, sí— por México, antes de hacer historia en otro país. ¿Eso justifica glorificarlos? No necesariamente. Pero borrarlos sin explicarlos tampoco ayuda. “Quien olvida su pasado está condenado a repetirlo”, escribió George Santayana. Hoy lo estamos olvidando a propósito.

Y como si el mensaje no fuera lo suficientemente claro, días después, en otro extremo del debate público, un grupo de encapuchados quemó libros en la UNAM. Sí, libros. No es una metáfora. Fue el domingo 20 de julio, en el Centro Cultural Universitario. Textos lanzados al fuego, portadas arrancadas, consignas gritadas contra el “capitalismo editorial”. Todo esto ocurrió en el corazón de la máxima casa de estudios del país. Es una escena distópica, brutal, imperdonable.

¿Y qué conecta ambos actos? La misma enfermedad: desprecio por la memoria, por el contexto, por el conocimiento. La falsa idea de que destruir lo incómodo es avanzar. La peligrosa confusión entre protesta y barbarie. Entre justicia y revancha. Entre expresión y violencia.

Porque cuando un gobierno arranca estatuas para “evitar controversia”, y cuando grupos radicales incineran libros “para resistir al sistema”, el resultado es el mismo: pérdida de patrimonio, erosión del pensamiento crítico, empobrecimiento colectivo.

La historia ya nos mostró este camino. En 1933, los nazis quemaban libros de autores judíos, marxistas y liberales en Berlín. En la Revolución Cultural china, se destruyeron templos, obras, manuscritos enteros por considerarlos burgueses. En Camboya, el régimen de Pol Pot aniquiló todo vestigio intelectual. Siempre con la misma excusa: “purificar la sociedad”. Siempre con el mismo saldo: devastación moral.

México merece otra cosa. Merece contexto, no remoción silenciosa. Merece inteligencia crítica, no omisión cómoda. Y merece proteger sus símbolos —por polémicos que sean— como oportunidades para el aprendizaje, no como basura incómoda a esconder.

¿Y si en vez de desaparecer estatuas o quemar libros, educamos? Aquí van tres opciones que hubieran servido mejor a la ciudadanía:

  1. Placas explicativas con contexto histórico, para entender por qué esas figuras están ahí y qué representan realmente.
  2. Intervenciones artísticas o contramonumentos, que no glorifiquen, pero sí cuestionen. Que abran la conversación.
  3. Foros y actividades públicas en esos espacios, para confrontar posturas, no suprimirlas.

Porque el problema no es el bronce ni el papel. Es nuestra pereza para hablar de lo que incomoda. Nuestra urgencia por borrar lo que no cuadra con el presente. Pero eso no es sanar: es amputar.

Ciudadanos: no se equivoquen. Cuando el Estado quita estatuas sin explicaciones y los radicales queman libros sin consecuencias, lo que se derrumba no es solo el metal ni la tinta. Es nuestra capacidad de entender el mundo, de formarnos criterio, de decidir por nosotros mismos.

Un pueblo que borra lo que no entiende, que calla lo que incomoda, que quema lo que lo reta, es un pueblo que se prepara para repetir su peor historia.

México merece otra cosa: merece recordar. Porque sin memoria, no hay futuro.

La redacción de Diario Ya!, dirigida por su editor José Luis Castillejos, reúne más de 30 años de experiencia profesional en cobertura periodística nacional e internacional, con rigor, independencia e imparcialidad.

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