Opinión
Día Mundial de la Alegría: entre la intención y la impostura
A veces, la única alegría posible es la de sobrevivir otro día.
Hoy es el Día Mundial de la Alegría pero hay días en que uno se despierta con ganas de morder. De rasgar las etiquetas brillantes que adornan las cosas, como si el mundo insistiera en ponernos moños hasta en la tristeza.
Hoy, por ejemplo, es el Día Mundial de la Alegría. Suena bonito, ¿verdad? Como esas galletas que prometen felicidad en el envase y saben a cartón con azúcar. Lo instauraron allá por 2010, según dicen, para celebrar el valor universal de lo positivo. Fue iniciativa de un tal Alfonso Becerra, desde Colombia, y desde entonces hay actividades en escuelas, plazas, redes… Sonrisas obligadas. Globos. Hashtags. Y, ya sabéis, la foto de rigor: tú, sonriendo frente a un mural de colores, mientras por dentro te preguntas cómo es posible estar tan vacío con tanto ruido alrededor.
Y ahí es donde se me retuerce algo por dentro.
Porque en este mundo que corre como loco, donde cada selfie parece decir “mira lo feliz que soy” (aunque estés llorando por dentro), días como hoy me parecen una alarma mal calibrada: suenan cuando el incendio ya ha consumido media casa.
La otra cara del Día Mundia de la Alegría: cifras que no sonríen
¿Sabías que más de 300 millones de personas sufren depresión en el mundo? Eso según datos de la OMS. Cifra que crece. Que no cesa. Que se esconde, como un bulto bajo la alfombra, mientras celebramos “la alegría” con papel picado. Y claro, lo que duele no es la celebración en sí, sino la sordera estructural que ignora a los que no pueden sonreír, ni hoy ni ningún otro día.
Lo peor, me temo, no es estar triste. Lo verdaderamente jodido es tener que fingir que no lo estás. Como si estar bien fuera una obligación moral. Como si llorar fuera un acto de debilidad y no un síntoma de humanidad.
Para todo hay una canción. Y, para este caso, una que no es alegre pero sí necesaria. “Hijos del miedo”, interpretada por Marcos Fonruge. Y no, no es una canción para levantar el ánimo (no al modo de los jingles), pero sí para sostenerte cuando el alma te tambalea. Porque tiene algo de confesión y algo de grito, algo de pudor y algo de rabia. Y porque no pretende curarte, ni convencerte… sólo te acompaña.
Marcos Fonruge y el canto de los que ya no pueden más
“Sonrío por fuera y por dentro hace frío”, dice. Y es como si por fin alguien dijera lo que muchos callamos. Que hay días en que vestirse cuesta, en que salir a la calle es una batalla, en que la ansiedad te muerde los tobillos y uno sobrevive como puede. Que no todo se arregla con “échale ganas”. Que a veces, simplemente, no se puede más.
Por eso me cuesta creer en esta alegría globalizada y homogénea, que no tiene en cuenta nuestras sombras. Me cuesta cuando sé de sobra que muchos, hoy mismo, están batallando con un cuerpo que ya no sienten suyo, con pensamientos que no cesan, con un miedo que no cesa. Hijos bastardos del miedo (como canta Marcos), sin derecho a herencia, sin permiso para quejarse.
Él, al menos, no se esconde. No adorna la tristeza ni la camufla. La pone en primer plano y la canta como quien abre una herida para que no se infecte. Como quien sabe que a veces la única forma de sobrevivir es gritar. Y gritar fuerte. Con música, sí… pero también con tripas.
¿Celebrar el Día Mundial de la Alegría o resistir? Ambas cosas son válidas
No critico la alegría (Dios me libre), critico su imposición. Critico que no se nombre, hoy especialmente, a quienes no pueden unirse al festejo. A los que manejan un cuerpo prestado y un miedo heredado.
A veces, la única alegría posible es la de sobrevivir otro día. Y eso también debería celebrarse.
Así que no, no me opongo al Día de la Alegría. Me opongo a que nos lo impongan como deber. Me opongo a que se olvide, justo en este día, a quienes no tienen fuerza para celebrarlo. Me opongo a esa dictadura de la sonrisa fácil, del optimismo hueco, del “todo bien” automático.
Una alegría sincera, no una obligación cultural
Prefiero, si me lo permitís, una alegría sincera, sin etiquetas. Una alegría que no ignore la pena, sino que la abrace. Una alegría con cicatrices.
Y cuando esa alegría llegue, si llega, que nos encuentre despiertos, sí… pero también humanos. Con miedo, con dudas, con canciones como la de Marcos para sostenernos.
Porque hay días para celebrar… y hay días para simplemente resistir.
Y ambos, aunque no lo digan los calendarios, son igual de valiosos.

