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México cae en la trampa de Trump de los aranceles

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México cae en la trampa de Trump de los aranceles

Hay mañanas en las que la geopolítica huele a café requemado. Tú todavía bostezas frente a la pantalla y, zas, la noticia: uno de los grandes —un país talla XL del grupo A— decide colgarle un grillete impositivo a todo lo que cruce su frontera con etiqueta “Hecho en B o C”. No es una tormenta tropical; es algo peor: un remolino administrativo con corbata y sonrisa patriótica.

Primero crujen los precios.

El importador, ese funambulista entre aduanas, traslada el arancel a la etiqueta y el consumidor abre la billetera como quien descorcha tristeza: más caro el microchip, el pantalón y hasta el atún en lata. La inflación se cuela por la rendija como humo de escape —lento, pegajoso, imposible de ignorar— y tu nómina, pobrecilla, sigue planchada.

Luego brilla la falsa primavera industrial.

Las fábricas locales desempolvan máquinas, confeti y discursos sobre la “soberanía productiva”. Recuperan turnos, sí, pero a costa de pagar más por el acero que antes venía, baratito, de aquel puerto lejano. Es la metáfora del burro que avanza porque le cuelgan la zanahoria… de otra cuerda que también venden más cara.

Y mientras tanto, en los doce países castigados, el shock es inmediato: contenedores apilados sin destino, divisas que se escapan por el sumidero, salarios que se marchitan. El grupo B aún tiene ahorros y diplomáticos; el grupo C apenas guarda paciencia. La moneda devalúa y el dilema se escribe con D de Desempleo. Cuando el estómago gruñe, la calle se pone creativa: marchas, populismos exprés, héroes de micrófono que prometen pan sin harina.

Construir muros comerciales sirve para la foto electoral, pero contamina el aire común. Y el aire, querido lector, no respeta fronteras.

Hasta aquí, seis meses.

Parpadeas y ya entraste en el corto plazo (ese lugar donde todo se rompe antes de repararse):

  • Las represalias brotan como ortigas: “¿Aranceles? Pues toma cuota a tu whisky y a tu software”. No importa que el daño sea asimétrico; duele donde hace titulares.
  • Las empresas se vuelven nómadas. Cambian de proveedor como quien cambia de playlist: near-shoring, friend-shoring, cualquier-shoring que evite la aduana con cara de ogro.
  • El litigio llega a la corte comercial multilateral (la ONU de los pasillos alfombrados). Se archiva el expediente con sello urgente y, ya sabes, eso significa tres inviernos de incertidumbre mínima.

En la contabilidad global, alguien hace números y descubre que el PIB del gigante engorda medio punto… para luego eructar retaliaciones y quedar en cero o menos.

Los países B pierden hasta un 1 % de su economía; los C, tres veces eso y un poco de dignidad. El mapa de riesgos se ilumina como árbol navideño en julio.

¿Moraleja? Construir muros comerciales sirve para la foto electoral, pero contamina el aire común. Y el aire, querido lector, no respeta fronteras.

Así que la próxima vez que oigas a un ministro cantar las loas del proteccionismo, afina el oído: puede que detrás del redoble patriótico sólo haya el eco de un almacén vacío y cien mil currículums flotando, sin brújula, en el ciberespacio. Porque cada arancel es, en esencia, un mensaje cifrado que dice: “Prefiero el corto aplauso a la larga convivencia”.

Y a mí —permíteme la confesión— el corto aplauso me sabe a café quemado. Prefiero que la taza huela a acuerdos, a competencia honesta, a rutas abiertas donde las mercancías viajen sin aduaneros celosos. Porque en un planeta con cien países y un solo cielo, encarecer el aire no parece el negocio más redondo.

La redacción de Diario Ya!, dirigida por su editor José Luis Castillejos, reúne más de 30 años de experiencia profesional en cobertura periodística nacional e internacional, con rigor, independencia e imparcialidad.

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