Opinión
El lastre del lenguaje de las protestas en México
El lenguaje de las protestas en México degrada causas legítimas y convierte reclamos justos en confrontación estéril.
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El lenguaje de las protestas en México tiene un problema serio, viejo, pegajoso y bastante más dañino de lo que muchos quieren admitir. El lenguaje de las protestas en México sigue sonando a consigna de trinchera, a catecismo revolucionario reciclado, a libreto heredado de un siglo que ya no existe, aunque sus tics verbales sigan vivos como cucarachas ideológicas en cocina caliente. Y el caso es que ese lenguaje de las protestas en México, tan repetido, tan automático, tan poco cuestionado, no fortalece causas legítimas: las desgasta, las embrutece y las vuelve sospechosas incluso cuando tienen razón.
Esto se ve con claridad en el conflicto actual de la CNTE. Sus exigencias pueden tener base real, y de hecho la tienen en varios frentes, desde pensiones hasta carrera magisterial y condiciones laborales. El problema aparece cuando una demanda laboral o social, que podría comunicarse con inteligencia, rigor y altura moral, termina envuelta en palabras como “lucha”, “resistencia”, “compañeros de lucha”, “represión”, “opresión”, “levantamiento”, “embate”, “ofensiva” o “victoria del pueblo”, como si cada mesa de negociación fuera la toma del Palacio de Invierno.
El lenguaje de las protestas en México ya no moviliza, intoxica
Durante décadas, México absorbió un vocabulario político hecho de épica, antagonismo y dramatización. Era el lenguaje de la izquierda sindical, del muralismo verbal, del mitin inflamado, del panfleto con olor a mimeógrafo y café recalentado. Tuvo un origen histórico reconocible, claro, y quizá hasta una función. Pero una cosa es entender de dónde viene y otra muy distinta seguir arrastrándolo como si fuera sagrado.
Hoy muchas organizaciones siguen hablando como si reclamar derechos exigiera fabricar enemigos absolutos. Se protesta, sí, pero se protesta como si hubiera que encender una guerra verbal antes de explicar una demanda. Y ahí empieza el deterioro.
Porque las palabras no son adorno. Modelan percepción, predisponen conducta, tensan emociones, condicionan identidades. Si tú llamas “lucha” a todo, conviertes cualquier desacuerdo en combate. Si llamas “resistencia” a cualquier protesta, colocas al otro en el papel de opresor incluso antes de que abra la boca. Si todo es “represión”, entonces nada lo es del todo y el término pierde fuerza justo cuando de veras se necesita.
Eso no eleva la causa. La contamina.
La CNTE debería enseñar algo mejor que un léxico de guerra
Aquí es donde la contradicción se vuelve incómoda. La CNTE no es una guerrilla rural ni una célula clandestina de 1974. Es un colectivo de docentes. Educadores. Gente que, en teoría, no solo transmite conocimientos académicos, sino también formas de relación con el mundo, con la diferencia, con la autoridad, con el conflicto y con el lenguaje.
Por eso sorprende, o quizás ya ni sorprende, que una parte tan visible de su discurso siga instalada en fórmulas de confrontación casi litúrgicas. Como comprenderán, no estoy diciendo que deban hablar como consultores tibios de recursos humanos ni escribir manifiestos con perfume de oficina corporativa. Estoy diciendo algo bastante más simple y bastante más exigente: que deberían hablar mejor.
Mejor no significa más dócil. Significa más preciso.
Mejor no significa sumiso. Significa menos manipulador.
Mejor no significa rendirse. Significa no sembrar, con cada comunicado, una pedagogía del enfrentamiento que luego se replica en la calle, en el aula, en la sobremesa y en la cabeza de miles de personas.
Quien trabaja formando a otros debería entender, al menos en términos básicos de comunicación y de construcción simbólica, que el lenguaje no solo expresa una realidad. También la fabrica.
Las causas legítimas pierden legitimidad cuando hablan en automático
Y aquí está el núcleo del problema. Muchas reclamaciones sociales en México son legítimas. Algunas, urgentísimas. El deterioro laboral, la precariedad, la desigualdad, el abuso burocrático, la torpeza gubernamental, la simulación institucional, todo eso existe. No hace falta exagerarlo con retórica de barricada.
Cuando una causa justa se comunica con plantillas verbales heredadas, deja de parecer justa y empieza a parecer ritual. Empieza a sonar a grupo encapsulado, a parroquia ideológica, a club de consignas donde importa más repetir la contraseña que convencer a la sociedad. Y en ese momento se rompe algo muy delicado: la posibilidad de que un ciudadano no alineado, no militante, no tribal, escuche con apertura.
Porque el ciudadano común, el que trabaja, paga, corre, aguanta, llega tarde y encima se encuentra media ciudad tomada, no siempre reacciona al contenido de la exigencia. Reacciona al tono. Reacciona al encuadre. Reacciona a la sensación de que lo están invitando a comprender una demanda o a enrolarse en una batalla.
No es lo mismo decir “exigimos una revisión integral del sistema de pensiones” que hablar de “defender la lucha histórica del magisterio frente a la embestida del poder”. Lo primero convoca. Lo segundo espanta, polariza o produce tedio. Y el tedio también mata las causas. Mucho.
México necesita protestas maduras, no liturgias de confrontación
El lenguaje de las protestas en México debería migrar hacia una lógica más adulta. Más sobria. Más persuasiva. Más limpia de reflejos ideológicos automáticos. Un lenguaje que nombre problemas sin teatralizarlos. Que describa injusticias sin necesidad de convertirlas siempre en epopeya. Que exija sin intoxicar. Que interpele sin dividir por reflejo.
No sabría decir si eso ocurrirá pronto. Me temo que no. Hay demasiada gente emocionalmente invertida en ese vocabulario. Les da identidad, pertenencia, mística, calor tribal. Les permite sentirse parte de algo heroico, aunque a veces solo estén firmando otro comunicado inflado con palabras que ya no explican nada.
Pero México necesita otra cosa.
Necesita protestas capaces de ganar legitimidad social sin reventarla con su propia puesta en escena verbal. Necesita sindicatos, colectivos y movimientos que entiendan que una causa no se fortalece por sonar más furiosa. Se fortalece por sonar más verdadera, más clara y más difícil de descalificar.
Y eso empieza en la boca. O en el volante. O en el megáfono. O en el manido PDF del comunicado.
Hablando en serio
El conflicto actual de la CNTE vuelve a mostrar que en México no solo se discuten derechos, reformas o salarios. También se discute el modo en que esos reclamos son narrados ante la sociedad. Cuando el lenguaje convierte cualquier protesta en una guerra simbólica, la conversación pública se empobrece y la ciudadanía se aleja.
Ese desgaste no afecta solo a la CNTE. Afecta a toda causa legítima que termina atrapada en un repertorio verbal viejo, polarizante y emocionalmente manipulador. Si cada reclamación llega envuelta en lenguaje de combate, el país seguirá reaccionando desde la trinchera, no desde la razón cívica.
La pregunta incómoda es esta: ¿cuántas causas justas en México están perdiendo apoyo no por lo que piden, sino por la forma en que decidieron contarlo?

