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¿Tragedia o crimen? cuando el lenguaje también toma partido

La palabra “tragedia” reparte el dolor y reduce la agencia, la palabra «crimen» no da opciones.

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¿Tragedia o crimen? cuando el lenguaje también toma partido

La prensa no solo informa de los hechos. También los ordena, los interpreta y les da una temperatura moral. A veces lo hace de forma explícita. Otras, a través de decisiones pequeñas: un verbo, un titular, una etiqueta, una explicación psicológica, una omisión.

Tres noticias publicadas por Antena 3 permiten observar con claridad ese mecanismo. Dos de ellas relatan casos de madres que se precipitaron desde distintas alturas junto a sus hijos. La tercera informa sobre un hombre que mató a su expareja con arma blanca en una plaza de Figueres, Girona.

La diferencia de tratamiento no está en que unos hechos sean graves y otros no. Todos lo son. La diferencia está en cómo se cuenta quién hizo qué.

En el caso de Francia, el titular dice: “Mueren una madre y sus tres hijos de 4, 5 y 6 años al caer desde un 13º piso en Francia”. El verbo principal es “mueren”. La escena queda construida desde el resultado fatal, no desde la acción de la madre. Ya dentro del texto se indica que, según el fiscal, “la madre se arrojó desde el 13º piso junto a sus tres hijos”. También se informa de que se abrió una investigación por “homicidios cometidos por un ascendiente”. Pero esa atribución penal no domina el titular.

En el caso de Madrid, la estructura es similar: “Muere una mujer tras caer desde un décimo piso junto a sus dos bebés en Madrid”. De nuevo, el centro del enunciado es la muerte de la mujer y la caída. Los bebés aparecen como acompañantes del hecho, no como posibles víctimas de una acción materna deliberada. El texto señala que la mujer “se ha precipitado con ellos”, que los niños resultaron heridos y que la Policía Nacional investigaba lo ocurrido. También se incluye el teléfono 024 de atención a personas con ideas suicidas, lo que orienta la lectura hacia una crisis autolítica.

En el caso del hombre, el enfoque cambia desde la primera línea: “Un hombre mata a su expareja a puñaladas a plena luz del día en una plaza de Figueres, Girona”. Aquí no hay caída, no hay muerte formulada como destino, no hay tragedia sin sujeto. Hay un sujeto claro: “un hombre”. Hay una acción clara: “mata”. Hay un medio de violencia: “a puñaladas”. Hay una víctima: “su expareja”.

La diferencia no es menor. En los casos de mujeres, el lenguaje tiende a ser descriptivo, clínico y contextualizante. Se habla de precipitación, síntomas psiquiátricos, ideas suicidas, investigación abierta, circunstancias familiares. En el caso del hombre, el lenguaje es directo, penal y condenatorio: mata, apuñala, agrede, incumple una orden de alejamiento, presunto crimen machista.

El problema no es que el caso de Figueres se trate como un crimen. Según la información publicada, hay una mujer asesinada, una orden de alejamiento y antecedentes de incumplimiento. El problema aparece cuando los casos protagonizados por madres reciben una envoltura lingüística mucho más blanda, incluso cuando hay menores muertos o gravemente heridos.

La palabra “tragedia” tiene una función emocional distinta a la palabra “crimen”. “Tragedia” reparte el dolor y reduce la agencia. “Crimen” concentra la responsabilidad. Una madre que cae con sus hijos queda más cerca de la desgracia. Un hombre que mata a su expareja queda más cerca de la culpa.

La cuestión incómoda es si el periodismo aplica el mismo estándar de responsabilidad cuando la violencia atraviesa el ideal social de la maternidad. La madre suele aparecer como figura sufriente incluso cuando el hecho investigado puede implicar violencia contra sus propios hijos. El hombre, en cambio, entra de inmediato en el marco de agresor.

No se trata de negar la salud mental, ni de borrar el contexto de una posible crisis. Se trata de preguntarse por qué ese contexto aparece con tanta rapidez cuando la autora es mujer y con tanta menor frecuencia cuando el autor es hombre. También cabe preguntarse por qué los niños quedan a veces diluidos dentro de la tragedia materna, como si su condición de víctimas necesitara más cautela que la imagen de la madre.

El periodismo tiene que cuidar la presunción de inocencia, pero también debe cuidar la simetría del lenguaje. Si un titular convierte a unas personas en sujetos activos y a otras en víctimas de una fatalidad, el lector no recibe solo información. Recibe una interpretación previa.

Y esa interpretación también educa. Educa sobre quién parece monstruoso, quién parece roto, quién merece explicación y quién merece condena. Ahí empieza el sesgo: no en la mentira abierta, sino en la compasión distribuida de forma desigual.

Nacido en Madrid, España. Creativo publicitario, comunicador visual y especialista en marketing digital participó en la creación y ha sido director de arte y contenidos del primer diario digital del Mundo en español. Ha dirigido varios proyectos de comunicación y portales de contenidos en Europa y América para Telefónica, Terra, UOL y más. Conferenciante para Claro America, ayudó a los medios de comunicación peruanos a realizar la transición de la redacción analógica a la digital y superar la brecha de ingresos publicitarios.

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