Contacto

Opinión

𝗩𝗲𝗻𝗲𝘇𝘂𝗲𝗹𝗮, 𝗹𝗮 𝗱𝗶𝗴𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗶𝘀𝘁𝗲

Publicado

el

𝗩𝗲𝗻𝗲𝘇𝘂𝗲𝗹𝗮, 𝗹𝗮 𝗱𝗶𝗴𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗶𝘀𝘁𝗲

𝗘𝗹 𝗡𝗼𝗯𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗣𝗮𝘇 𝗮 𝗠𝗮𝗿𝗶́𝗮 𝗖𝗼𝗿𝗶𝗻𝗮 𝗠𝗮𝗰𝗵𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲𝘃𝘂𝗲𝗹𝘃𝗲 𝗮𝗹 𝗽𝗮𝗶́𝘀 𝗰𝗮𝗿𝗶𝗯𝗲𝗻̃𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝘃𝗼𝘇 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗮𝘂𝘁𝗼𝗿𝗶𝘁𝗮𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗶𝗻𝘁𝗲𝗻𝘁𝗼́ 𝘀𝗶𝗹𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝗿. 𝗘𝗹 𝗽𝗿𝗲𝗺𝗶𝗼 𝗻𝗼 𝗱𝗲𝗿𝗿𝗼𝗰𝗮 𝗮𝗹 𝗽𝗼𝗱𝗲𝗿, 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗿𝗲𝗮𝘃𝗶𝘃𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗰𝗶𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮.

En Venezuela la esperanza se ha vuelto un acto de rebeldía. Persiste en los gestos mínimos, en la voz que se alza sin micrófono, en el ciudadano que se niega a vivir bajo la sombra del miedo. Por eso el Nobel de la Paz concedido a María Corina Machado no es un premio político, como pretendió hacerlo ver Donald Trump, que aspiraba a ese galardón por la paz en la Franja de Gaza, sino un reconocimiento moral a una resistencia que lleva más de un cuarto de siglo caminando entre ruinas.

Machado no celebra una victoria personal. En su carta de agradecimiento recordó a los presos, a los exiliados, a los que han muerto por decir lo que pensaban. Agradeció con palabras sencillas, en nombre de un país cansado pero no vencido. Su figura, tantas veces silenciada, encarna la obstinación de una sociedad que se aferra a su dignidad.

Venezuela atraviesa uno de los periodos más oscuros de su historia reciente. Nicolás Maduro conserva el poder mediante el control de las instituciones, las fuerzas armadas y el miedo. Las elecciones pasadas fueron el retrato de un sistema sin competencia ni transparencia. Los votantes acudieron a las urnas entre la desconfianza y el hastío, conscientes de que la democracia ya no estaba en las boletas.

El Nobel no modifica esa realidad, pero la ilumina. Obliga al mundo a mirar de nuevo hacia un país que durante años ha sido relegado a la nota diplomática. La distinción a Machado no derriba gobiernos ni impone sanciones, pero reabre una conversación que el poder quiso clausurar. El chavismo puede descalificarla, acusar a Noruega de injerencia o hablar de conspiraciones, aunque no podrá borrar el simbolismo de un pueblo reconocido por su valor cívico.

El premio también es un espejo. Interpela a América Latina, donde la tentación autoritaria reaparece con otros rostros y discursos. Recordar que la democracia no se negocia ni se posterga es el sentido último de este reconocimiento. Lo que está en juego no es solo el destino de Venezuela, sino la vigencia del ideal democrático en toda la región.

María Corina Machado no es una heroína inmaculada. Es una mujer que aprendió a resistir desde la fragilidad, que ha hecho de su persistencia una forma de protesta. Su voz, tantas veces cercada, resuena ahora con fuerza simbólica. El Nobel la eleva, pero también la compromete. Le impone la tarea de representar no solo a la oposición, sino a los millones de venezolanos que aún creen posible reconstruir su país.

El poder puede manipular cifras, encarcelar disidentes y maquillar urnas, pero no puede extinguir la conciencia de un pueblo. Cada vez que alguien pronuncia la palabra libertad en Caracas, en Maracaibo o en el exilio, el régimen se resquebraja un poco más.

Venezuela sigue siendo una herida abierta en el mapa latinoamericano. Aun así, entre el cansancio y la desesperanza, late algo que no ha muerto, la fe en volver a ser un país. Ese es el verdadero sentido del Nobel, y también su desafío.

Ha desarrollado su labor periodística en los medios mexicanos Excélsior, El Universal, El Nacional, El Orbe, Sur de México, Revistas Siempre e Impacto, Fuerza Informativa Azteca (Canal 13 de Televisión, corresponsal en Perú en 1997) y Canal 22 de Televisión (producción para Notimex). Fue corresponsal internacional durante 22 años en Guatemala y Perú de la Agencia de Noticias Notimex y es actualmente columnista del portal La Silla Rota. Ha realizado coberturas especiales en la frontera sur de México y Centroamérica para las agencias de noticias Reuters (Inglaterra) y Associated Pressc(AP, Estados Unidos). Actualmente dirige El DiarioYa!

Anuncio

Opinión