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Oler El Futuro, la revolución sensorial en el celular

No es magia. Es tecnología para atrapa el sentido más ancestral y más olvidado: el olfato.

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Oler El Futuro, la revolución sensorial en el celular

Por José Luis Castillejos

Un hombre solo, en una torre de Manhattan, abre su teléfono o su computadora con el gesto automático de quien ya no espera nada. Y, de pronto, sin previo aviso, lo asalta un olor vegetal, espeso, tibio, antiguo: chipilín con bolitas de elote tierno, como servido en cazuela de barro, con la ternura de una abuela que ya no está. Alguien más, en la Patagonia, detiene el arado al oler el café de Jaltenango, del Soconusco, fuerte, tostado, humeante, como si lo hubiesen servido en algún restaurante de San Fernando, Chiapas. En París, una mujer sola en un café deja escapar una sonrisa al percibir el perfume salvaje de un tasajo en pepián, y en Tokio, un joven absorto en su pantalla cree soñar cuando le llega el crujido invisible de una tlayuda oaxaqueña, olor a carne y quesillo y a maíz..

No es magia. No es nostalgia. Es tecnología. O, más precisamente, la más humana de las tecnologías: la que ha dejado de imitar la vista y el oído para atrapar, por fin, el sentido más ancestral y más olvidado: el olfato.

Hubo un tiempo, remoto pero reconocible, en que la publicidad se bastaba con imágenes, palabras y sonidos. Nos hablaba al ojo, nos gritaba al oído, pero no tocaba la carne verdadera de la memoria. Hoy, esa frontera ha sido rota. Lo invisible —el aroma— será parte de la experiencia. Y no sólo en comerciales, sino en llamadas, películas, clases de cocina, visitas virtuales a museos, y hasta en una canción.

Será posible entrar, desde una app, al mercado de dulces de San Cristóbal de Las Casas y dejarse llevar por el vaivén de olores: coco rallado, miel de caña, canela, guayaba, cacao. Se podrá oler, en medio de una madrugada europea, el perfume embriagador de un chifa limeño, esa mezcla mestiza donde la cebolla china y el ají amarillo dialogan con el fuego del wok. Será común —común, como el pan— oler el maracuyá partido sobre una tabla húmeda, la grosella ácida en una bolsa escolar, la botana caliente de camarón seco y chile piquín, la tarde lluviosa en un barrio empedrado de algún pueblo de México.

Todo esto ocurrirá. Está ocurriendo. Empresas japonesas y californianas desarrollan cartuchos digitales que liberan aromas sincronizados con los contenidos. La ciencia ha aprendido a codificar olores igual que colores o sonidos. Ya no es locura: es diseño, es mercado, es estrategia emocional. Porque los olores no sólo venden. Los olores reviven.

¿Y qué ocurre entonces con la publicidad? Que deja de ser un acto de persuasión y se convierte en una forma de evocación. Ya no bastará mostrar una copa de tequila: habrá que liberar olor dulce del agave cocido. No bastará con escribir “perfume de flor de azahar y sándalo”: se aspirará, se tocará con las fosas nasales, se saboreará.

Estamos ante una revolución silenciosa. La revolución de los sentidos. No la de las ideas, ni la de las redes, ni la del algoritmo. Es otra. Más íntima. Más subversiva. Porque no nos promete velocidad ni control, sino recuerdo, deseo, hambre, arraigo.

¿Y cómo no rendirse ante eso? ¿Cómo no conmoverse cuando el aire —ese aire anónimo de ciudad— huele de pronto al mar de Tonalá, a Cancún , a Puerto Madero, Vallarta, la barra de San José, a la camisa de un padre joven, al patio donde alguien cortaba grosellas y se las llevaba a la boca con una risa pegada en los labios?

Eso es lo que viene. Y no lo detendrá ninguna ley. El mundo, ese globo de datos y pantallas, volverá a tener olor. Y cuando ese momento llegue —cuando veamos un video y huela a tierra mojada o a carne asada o a madre—, sabremos que no fue la tecnología lo que triunfó. Fue la memoria. Fue la vida.

Y entonces, quizá descubramos que nunca estuvimos tan vivos como en ese instante en que el mundo volvió a oler.

Ha desarrollado su labor periodística en los medios mexicanos Excélsior, El Universal, El Nacional, El Orbe, Sur de México, Revistas Siempre e Impacto, Fuerza Informativa Azteca (Canal 13 de Televisión, corresponsal en Perú en 1997) y Canal 22 de Televisión (producción para Notimex). Fue corresponsal internacional durante 22 años en Guatemala y Perú de la Agencia de Noticias Notimex y es actualmente columnista del portal La Silla Rota. Ha realizado coberturas especiales en la frontera sur de México y Centroamérica para las agencias de noticias Reuters (Inglaterra) y Associated Pressc(AP, Estados Unidos). Actualmente dirige El DiarioYa!

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