Opinión
Ser amables con la IA contamina el planeta
Decir «gracias» y «por favor» a las IA contamina más que dar la vuelta al mundo 5 veces en automóvil
En un mundo obsesionado con la eficiencia y la sostenibilidad, resulta paradójico que estemos malgastando energía global (que contamina el planeta) solo para ser amables con una IA que, literalmente, no siente nada. Sí, estamos hablando de ese inocente “gracias”, ese “buen día” digital o ese “¿cómo estás?” que millones de usuarios escriben diariamente a sistemas como ChatGPT, Alexa, Siri o sus equivalentes corporativos. Gestos humanos, sí. Pero con un costo climático real y acumulativo.
Lo que para muchos parece una cortesía inofensiva, para los servidores que operan estos modelos de lenguaje es una orden de procesamiento computacional. Y ese cómputo consume energía. Mucha más de la que uno imaginaría.

Según estimaciones conservadoras, se procesan alrededor de 3 mil millones de tokens diarios en este tipo de interacciones innecesarias. Un token, en el contexto de modelos como GPT, es una fracción de palabra que representa cada unidad de texto que se escribe o genera. Cada uno de ellos requiere cálculos realizados por centros de datos alimentados por energía eléctrica. Si calculamos el promedio energético necesario para generar mil tokens, nos encontramos con que estas expresiones de cortesía consumen hasta 1,500 kWh diarios —lo mismo que 50 hogares mexicanos en un día—, generando cerca de 30 toneladas de CO₂ al mes. Es decir, ser amables con la IA contamina el planeta.
Para dimensionarlo: esas 30 toneladas equivalen a más de 10 vuelos redondos entre Ciudad de México y Madrid, 900 pares de jeans producidos y distribuidos, o 5 vueltas completas al planeta en un coche de gasolina. ¿Todo para que una IA “escuche” un “gracias” que no necesita?
Podría parecer exagerado o tecnofóbico, pero no lo es. La tecnología no es mala por sí misma, pero el uso cultural que hacemos de ella sí puede ser insostenible. Nos estamos enfrentando a una nueva forma de contaminación invisible, una “niebla digital” que flota por sobre nuestras buenas intenciones.
Incluso en términos éticos, el acto de humanizar una máquina que no posee conciencia plantea dilemas: ¿estamos reforzando la ilusión de que estos sistemas sienten, entienden o agradecen? ¿Estamos trasladando formas de cortesía diseñadas para relaciones humanas hacia entes que no requieren, ni entienden, esa interacción? Más aún: ¿estamos sacrificando recursos del planeta para mantener viva esa ilusión?
Por supuesto, la solución no es convertirnos en seres fríos y robóticos. Pero sí urge repensar el tipo de lenguaje que usamos con las máquinas, al menos cuando eso tiene un costo ambiental tan concreto. Porque si vamos a exigirle a las industrias petroleras, al transporte o a la agricultura que reduzcan su huella de carbono, también debemos mirar hacia nuestro comportamiento digital.
Tal vez ha llegado el momento de preguntarnos:
¿cuánto contamina mi cortesía digital?
Y más importante aún:
¿a quién va dirigida realmente?

