Política
Una noche sin preguntas
Los gobernantes saben que las victorias deportivas no se administran, pero sí pueden acompañarse.
Los gobernantes saben que las victorias deportivas no se administran, pero sí pueden acompañarse.
La presidenta de México levantó los brazos cuando cayó el segundo gol. A su alrededor no había funcionarios ni invitados especiales. Había familias, jóvenes con la camiseta verde, niños subidos en los hombros de sus padres y una multitud que, por unos minutos, olvidó cualquier otra conversación. México acababa de vencer 2-0 a Ecuador y el Mundial volvía a hacer lo que hace cada cuatro años: detener el reloj de un país.

No fue solamente una clasificación. El futbol tiene esa rara capacidad de ocupar un espacio que la política nunca termina de conquistar. Durante noventa minutos dejaron de importar las disputas cotidianas. El país habló un solo idioma.
Claudia Sheinbaum decidió estar ahí, mezclada entre los aficionados. La escena tiene una lectura política, aunque no hiciera falta un discurso para entenderla. Los gobernantes saben que las victorias deportivas no se administran, pero sí pueden acompañarse. La fotografía de una presidenta celebrando como cualquier otra persona vale más que una larga declaración sobre unidad nacional.

La Selección respondió dentro del campo. Javier Aguirre construyó un equipo que no necesitó recurrir a la épica para imponerse. México controló el partido desde el inicio, concedió poco y golpeó cuando encontró los espacios. Hubo autoridad, una palabra que durante años pareció ajena al futbol mexicano cuando llegaban los encuentros decisivos.
La victoria abre otra dimensión del torneo. El próximo rival saldrá del partido entre Inglaterra y la República Democrática del Congo. Después podría aparecer Brasil o Noruega. Ahí comienza el Mundial que realmente pesa. El de las eliminatorias donde un error basta para regresar a casa.

Las calles seguirán llenas de banderas mientras dure la ilusión. Luego volverán las discusiones de siempre. El futbol nunca resuelve los problemas de un país. Tampoco lo pretende. A veces alcanza con regalarle una noche en la que millones de personas gritan el mismo gol. Eso, en el México de hoy, ya dice bastante.

