Opinión
Ataque ucraniano: La volatilidad del mercado petrolero
México sigue con atención la tensión en el mar Negro porque no controla el precio del petróleo, aunque sí resiente cada variación.
México sigue con atención la tensión en el mar Negro porque no controla el precio del petróleo, aunque sí resiente cada variación.
El ataque ucraniano del 14 de noviembre contra la terminal de Novorossiysk interrumpió de forma temporal una fracción relevante del flujo ruso y elevó de inmediato los precios internacionales. Esa sacudida alcanzó a países importadores, entre ellos México, pese a que ningún buque se dirigiera a sus puertos.
El daño en muelles y tanques de Transneft-Sheskharis obligó a suspender embarques y mostró la fragilidad de una red que opera con márgenes estrechos. Rusia mantiene capacidad para reorganizar envíos, aunque la acumulación de ataques sobre refinerías, oleoductos y terminales redujo parte de su margen operativo. El sistema resiste, pero el desgaste se siente en cada ajuste del mercado.
Para México el impacto llega por el precio, no por la disponibilidad física. El país compra gran parte de las gasolinas que consume a valores fijados por el mercado internacional. Cada rebote encarece la importación, reduce márgenes de Pemex y obliga al gobierno a decidir entre trasladar el aumento al consumidor o amortiguarlo con estímulos que presionan las finanzas públicas. Las dos rutas ofrecen costos políticos y fiscales en un periodo donde la inflación aún exige vigilancia.
El gas natural amplifica la preocupación. México depende de ese insumo para cubrir la mayoría de su demanda y para generar más de la mitad de su electricidad. Aunque el ataque se centró en infraestructura petrolera, la volatilidad alcanza a otros energéticos. Los contratos ajustan precios con rapidez y encarecen producción, transporte y servicios, lo que afecta industrias sensibles al costo de la energía.
Analistas europeos calcularon que la pérdida temporal de capacidad rusa superó el millón de barriles diarios, aunque la caída real fue menor por el uso de instalaciones ociosas. El mercado evitó un trastorno grave gracias a esa capacidad de ajuste, pero cada ataque introduce un riesgo adicional y vuelve más incierto el comportamiento de los precios.
México enfrenta este panorama con una estructura vulnerable a los movimientos externos. No existe una amenaza inmediata de escasez, aunque sí un entorno que puede alterar costos internos en pocas horas. La idea de autosuficiencia basada sólo en hidrocarburos resulta limitada ante equilibrios globales que se modifican con velocidad. Diversificar fuentes, impulsar renovables, crear reservas estratégicas y fortalecer amortiguadores fiscales aparece como una ruta necesaria.
Mientras la guerra continúe y persistan los ataques sobre infraestructura crítica, el precio que México paga por cada litro importado recordará que la distancia geográfica no protege del temblor que producen los drones sobre el mar Negro.

