Opinión
La obligada «renuncia» de Olaf. Chiapas, entre la omisión y el colapso de la justicia
La dimisión de Olaf Gómez Hernández como Fiscal General de Chiapas marca el epílogo de su gestión
La dimisión de Olaf Gómez Hernández como Fiscal General de Chiapas marca el epílogo de su gestión que encarnó la inoperancia, la omisión y la complicidad ante las amenazas más graves que enfrenta el estado: el ascenso del crimen organizado y la proliferación de invasiones de tierras.
Su renuncia, forzada cinco años antes de concluir un mandato de nueve, no solo es un acto de desgaste político, sino el resultado inevitable de un trabajo en la Fiscalía incapaz de responder al clamor ciudadano por seguridad y justicia.
Chiapas vive una crisis de violencia inédita. Durante lo que va del 2024, se registraron 786 homicidios dolosos, un aumento alarmante del 20% respecto al año anterior, consolidándose como el periodo más violento de la historia reciente del estado.
Mes tras mes, la brutalidad se manifestó de formas escalofriantes: cuerpos colgados en puentes, ejecuciones al aire libre y amenazas explícitas de los cárteles que han extendido su dominio en municipios como Comitán, Tapachula, Palenque, Frontera Comalapa, Berriozabal, Ocozocoautla, Tuxtla Gutiérrez, Ciudad Hidalgo, entre otros.
Este incremento no es fortuito. Los testimonios de pobladores y reportes independientes revelan la inacción y permisividad de las autoridades. El Fiscal, en lugar de enfrentarse al problema, delegó responsabilidades en funcionarios de menor rango, permitiendo que los grupos criminales actuasen con impunidad. La violencia, más que contenerse, fue tolerada, afectando a comunidades indígenas, productores agrícolas y familias desplazadas.
Las invasiones de tierras han sido otro símbolo de esta crisis. Bajo el mandato de Gómez Hernández, estas prácticas no solo se multiplicaron, sino que adquirieron un tinte de legalización encubierta, debido a la falta de respuesta institucional. En municipios como Venustiano Carranza, Ocosingo y San Fernando, organizaciones criminales, disfrazadas de movimientos sociales, han ocupado terrenos productivos con la venia de un sistema judicial ausente. Productores de café, plátano y ganado han denunciado esta situación sin encontrar eco en las autoridades.
Las invasiones, muchas veces promovidas por grupos armados, no solo representan un ataque al derecho de propiedad, sino un golpe directo a la economía del estado. El silencio de la Fiscalía General ante este fenómeno ha profundizado la desconfianza en las instituciones y ha abonado al desorden social.
Las denuncias de supuestos vínculos entre funcionarios de la Fiscalía y el crimen organizado han sido un constante murmullo en la administración de Gómez Hernández. Aunque las pruebas directas son difíciles de obtener en un estado donde el miedo es un denominador común, las omisiones sistemáticas y la falta de operativos contundentes contra el narcotráfico y las redes de tráfico de personas alimentan las sospechas. La renuncia del fiscal, bajo el ultimátum de evitar una investigación por presunta corrupción, que lo llevaría a la cárcel, confirma la supuesta fragilidad ética de su gestión.
La renuncia de Olaf Gómez Hernández debería ser el catalizador de una transformación profunda en el modelo de la Fiscalía General de Chiapas. Es imprescindible que el Congreso legisle para reducir los mandatos de los fiscales, alineándolos con los ciclos gubernamentales. Nueve años en el poder han demostrado ser una fórmula para la perpetuación de redes de corrupción y complicidad. El diseño de las instituciones debe servir a la justicia, no al encubrimiento.
Además, es fundamental que el nuevo titular de la Fiscalía sea una figura con probada integridad y experiencia en el combate al crimen organizado. Más allá de nombramientos políticos, Chiapas requiere un liderazgo técnico que devuelva la credibilidad perdida a las instituciones de seguridad y justicia.
El gobernador electo, Eduardo Ramírez Aguilar, tiene en sus manos la oportunidad histórica de revertir la crisis en la Fiscalía que atraviesa Chiapas. Su capacidad para nombrar a un fiscal independiente, capaz de enfrentar los desafíos del crimen organizado, las invasiones de tierras y la corrupción interna, será determinante para la reconstrucción del estado de derecho.
En materia de justicia, Chiapas se encuentra al borde del colapso institucional. La renuncia de Olaf Gómez Hernández es solo el comienzo de un largo camino hacia la justicia y la paz. La ciudadanía exige no solo discursos, sino acciones concretas que pongan fin a la violencia, la impunidad y el abandono estatal.
Es hora de que Chiapas recupere su dignidad y su futuro mientras Olaf se va premiado con una Notaría.

