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Trump reclama el Estrecho de Ormuz como territorio de EE.UU. y cambia el nombre al lago Ontario

Trump reclama espacios ajenos y convierte la política exterior en culto al poder.

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Trump reclama el Estrecho de Ormuz como territorio de EE.UU. y cambia el nombre al lago Ontario

Trump reclama espacios ajenos y convierte la política exterior en culto al poder.

La megalomanía de Donald Trump ha convertido la política exterior de Estados Unidos en una sucesión de gestos destinados a demostrar que ningún territorio, frontera o símbolo está fuera del alcance de su voluntad. En apenas dos días, el presidente estadounidense apareció vinculado a dos acciones de naturaleza distinta, pero unidas por la misma lógica de apropiación: presentar el estrecho de Ormuz como un “nuevo” territorio de Estados Unidos y ordenar que el lago Ontario sea llamado “lago América” en los documentos oficiales estadounidenses.

No se trata únicamente de declaraciones extravagantes ni de una disputa semántica. En ambos casos, Trump actúa como si el poder militar, económico o administrativo de Washington bastara para modificar realidades geográficas que no dependen de una sola presidencia.

Ormuz no es una propiedad estadounidense

El estrecho de Ormuz es una vía marítima internacional situada entre Irán y Omán. Su importancia estratégica es enorme porque por ese corredor transita una parte sustancial del petróleo y del gas que llegan a los mercados mundiales.

En el contexto de la guerra entre Estados Unidos e Irán, el Comando Central estadounidense informó que sus fuerzas habían retirado minas marinas de las rutas reconocidas de navegación. Más de veinte buques de guerra y cientos de aeronaves participaron en las operaciones, mientras Washington mantiene un bloqueo que impide la salida de petróleo iraní y condiciona el paso de embarcaciones.

La acción militar puede presentarse como una operación para restablecer la navegación. El problema aparece cuando Trump transforma esa intervención en una supuesta facultad territorial. El presidente publicó un mapa en su red social Truth Social en el que el estrecho aparecía identificado como “nuevo territorio estadounidense” y había afirmado previamente que pensaba convertirlo en territorio de Estados Unidos.

La diferencia entre proteger una ruta marítima y adjudicársela resulta elemental. Una potencia puede desplegar fuerzas en una zona estratégica, retirar minas o escoltar barcos. Eso no le concede soberanía sobre el espacio ni autoridad para cambiar unilateralmente su régimen jurídico.

La megalomanía de Donald Trump se manifiesta precisamente en esa confusión entre capacidad de intervención y derecho de propiedad. El hecho de que Estados Unidos tenga una armada poderosa no convierte en estadounidense todo lugar donde sus buques logran imponer condiciones.

Un bloqueo presentado como libertad

La retórica oficial intenta presentar la operación como una liberación del estrecho. El propio lenguaje empleado por Washington habla de rutas abiertas, seguridad marítima y protección del comercio internacional.

La realidad descrita por las autoridades estadounidenses incluye un bloqueo naval. El comandante del Comando Central aseguró que ningún barco había entrado o salido de un puerto iraní sin permiso estadounidense, salvo algunas embarcaciones autorizadas por razones humanitarias.

Esa declaración revela una contradicción que no debería pasar inadvertida. Estados Unidos afirma defender la libertad de navegación mientras decide qué barcos pueden transitar y cuáles deben permanecer fuera de los puertos iraníes. La operación puede tener una justificación militar dentro de la guerra, pero no puede presentarse sin matices como una defensa neutral del derecho internacional.

Trump convierte esa contradicción en una demostración de fuerza personal. La apertura del estrecho deja de ser una cuestión de seguridad colectiva y pasa a formar parte de su relato de victoria. El mensaje es sencillo: donde interviene Estados Unidos, Trump considera que manda Estados Unidos.

El lago Ontario y la apropiación por decreto

La misma conducta aparece en Norteamérica, aunque con una herramienta distinta. Trump firmó una orden ejecutiva para que el lago Ontario sea denominado “lago América” en mapas y documentos oficiales de Estados Unidos.

La orden solo puede afectar a la nomenclatura utilizada por las instituciones estadounidenses. Canadá no está obligado a aceptar el cambio, ni tampoco pueden las autoridades de Washington modificar por decreto la denominación empleada al otro lado de la frontera o en los organismos internacionales.

El lago Ontario es compartido por Estados Unidos y Canadá. Su nombre tiene una historia anterior a la existencia de los actuales Estados nacionales y procede de una raíz indígena vinculada con el pueblo wendat. Sustituirlo por “lago América” no fortalece la posición estadounidense en ninguna negociación comercial ni resuelve un solo problema bilateral.

El gesto funciona como una provocación simbólica dirigida contra Canadá, en un momento de fuertes tensiones comerciales. Trump utiliza la geografía como si fuera una pizarra personal en la que puede borrar nombres, corregir fronteras y escribir su apellido político.

La megalomanía de Donald Trump necesita convertir cada desacuerdo en una prueba de subordinación. Si Canadá no acepta sus condiciones comerciales, el presidente responde con amenazas, aranceles o cambios de nomenclatura. El mensaje no busca construir un acuerdo, sino escenificar quién tiene capacidad para imponer una decisión, aunque esa decisión solo tenga efecto dentro de la burocracia estadounidense.

El poder como espectáculo personal

La conducta de Trump no encaja únicamente en el nacionalismo tradicional. El nacionalismo busca afirmar intereses estatales, proteger mercados o reforzar una identidad colectiva. Trump añade una dimensión personalista: cada conflicto debe demostrar su capacidad individual para cambiar las reglas.

El mapa de Ormuz y el decreto sobre el lago Ontario forman parte de una política exterior convertida en espectáculo. La acción militar, el mensaje en redes sociales y la firma presidencial se mezclan hasta producir una narrativa en la que Estados Unidos aparece como dueño de espacios ajenos.

Ese comportamiento resulta peligroso porque normaliza la idea de que las relaciones internacionales dependen de la voluntad del más fuerte. Si un presidente puede declarar suyo un estrecho internacional mediante una publicación y cambiar el nombre de un lago compartido con otro país mediante una orden administrativa, la diplomacia queda reducida a una escenografía subordinada al ego presidencial.

La megalomanía de Donald Trump no se mide solo por el tamaño de sus promesas, sino por su negativa a reconocer límites. Límites jurídicos, geográficos, diplomáticos y políticos. El problema no es que pretenda cambiar nombres, sino que sus gestos expresan una concepción del poder en la que la realidad debe adaptarse a su relato.

Una amenaza para los equilibrios internacionales

Trump puede conseguir que las agencias federales estadounidenses escriban “lago América” en sus documentos. También puede mantener una presencia militar dominante en Ormuz. Lo que no puede hacer, aunque lo proclame, es transformar automáticamente esas acciones en soberanía legítima.

La megalomanía de Donald Trump convierte los símbolos en instrumentos de presión y las operaciones militares en argumentos de propiedad. La comunidad internacional enfrenta así a un presidente que no solo desafía a sus adversarios, sino que pretende redefinir el lenguaje con el que se describe el mundo.

Pensando en México

México debería observar con atención esta deriva, porque comparte con Estados Unidos una relación marcada por la asimetría económica, la presión comercial y la proximidad territorial. Cuando Washington convierte sus mapas, sus aranceles y sus fuerzas militares en herramientas de imposición, cualquier negociación con la Casa Blanca queda expuesta a la arbitrariedad de un presidente que confunde liderazgo con dominio. ¿Qué garantías puede ofrecer un vecino que trata la soberanía ajena como un asunto de voluntad personal?

Fuentes: EFE, The Guardian, Al Jazeera, Reuters

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La redacción de Diario Ya!, dirigida por su editor José Luis Castillejos, reúne más de 30 años de experiencia profesional en cobertura periodística nacional e internacional, con rigor, independencia e imparcialidad.

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