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Un «pescador de muertos» en Chiapas revela el horror del crimen organizado

Desde hace siete años navega los ríos Suchiate y Cahoacán buscando cadáveres.

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Un «pescador de muertos» en Chiapas revela el horror del crimen organizado

Walter González no es rescatista, ni forense, ni militar. Es pescador. Pero desde hace siete años su vida se volvió otra cosa. Ahora navega los ríos Suchiate y Cahoacán buscando cadáveres. Porque en Chiapas —me temo— el agua ya no arrastra peces. Arrastra cuerpos.

Y Walter los encuentra.

Crimen organizado en Chiapas: cadáveres en la corriente y autoridades ausentes

Los últimos meses han sido una ruleta macabra. Torso por aquí, una cabeza flotando por allá. A veces sin brazos, otras sin piernas. La escena se repite tanto que ya no escandaliza, solo cansa. Y aunque el gobierno de Chiapas se esfuerza por presumir paz y gobernabilidad, los pobladores saben que la guerra sigue, callada, empapada, podrida.

El Suchiate, frontera natural entre México y Guatemala, se ha convertido en un vertedero de muerte. Allí fue donde Walter, acompañado por su hijo y un vecino llamado Abdimar, encontró un cuerpo desmembrado y sin cabeza. Lo que la Fiscalía no recogió, ellos lo enterraron. “Era un ser humano. ¿Cómo lo íbamos a dejar allí?”, dice Walter, mientras señala la corriente como si todavía esperara encontrar algo más.

Crimen organizado en Chiapas: la violencia que flota y vuelve

Entre mayo y julio, la violencia repuntó. Otra vez. Cuerpos torturados, envueltos en cartón, mutilados. Nadie sabe si son migrantes, narcos, inocentes… pero todos terminan igual: lanzados al agua. El Cahoacán y el Suchiate no dan tregua. Y mientras la gente reza para que llueva —porque sin crecida los cuerpos se atascan río arriba—, Walter patrulla la bocabarra con la certeza de que pronto aparecerán más.

La Fiscalía hace lo que puede, dice. Pero en la práctica, casi nada. Recolectan lo que encuentran a simple vista, emiten comunicados insulsos, se van. El resto, lo hace la comunidad. Lo hace Walter.

Crimen organizado en Chiapas: la rutina del espanto

El 15 de julio, el gobierno desplegó más de 100 policías para «controlar» los ríos. Días después, el cuerpo de una mujer apareció en pleno centro de Tapachula. Luego vino la cabeza flotante, y los restos hallados por pescadores del Tesoro. La Fuerza Pakal, los operativos y los comunicados no lograron nada. La violencia respondió con más violencia. Con saña. Con precisión.

Walter lo resume así: “Hace tres años era de dos cuerpos por semana… luego se calmó, pero ya volvió. Se está poniendo duro esto de encontrar muertitos”. Nadie se lo enseñó. Aprendió viendo, recogiendo, enterrando. A veces con miedo. A veces con rabia.

Hablando en serio

El crimen organizado en Chiapas no se ha retirado. Solo se ha adaptado al paisaje. Mientras las autoridades se aferran a discursos de seguridad, los ríos siguen arrojando cadáveres. La población, abandonada, improvisa sepultureros, recolectores, testigos del horror. ¿Cuánto vale una vida cuando el Estado no se agacha ni para recoger sus pedazos?


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Un pescador de Chiapas narra cómo los ríos se llenan de cadáveres mientras crece el horror del crimen organizado.

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